domingo, 26 de julio de 2020

Invita la casa

Me gusta tomarme un cafetillo en el bar del mercado todos los martes cuando me acerco a comprar. Tiene el ambiente de los bares de antes y además el muchacho que lo lleva, Aimar, es la mar de majo. Pero como mi espalda ya no está para pasar mucho rato de pie o para los malditos taburetes, normalmente me siento en una de las mesas más cercanas a la puerta; tiene la ventaja de la luz y el airecillo que entra de la calle, tiene la desventaja de la tele. 

En esa tele vi, la semana pasada mientras me tomaba mi café, a la ex Miss España (que ahora también es presentadora) junto a una periodista y presentadora (que podría perfectamente haber ganado Miss España). Enviaban un mensaje dirigido a todas las mujeres que sufren violencia de género en sus hogares. Las animaban a denunciar. Las animaban a confiar en su entorno. Les decían que podían hacerlo, que siempre hay una oportunidad para empezar de nuevo. 
—¿Le pasa algo al café, Carmina? 
—¿Eh? —Aimar me apelaba preocupado desde detrás de la barra. 
—Es que me ha parecido que ponías caras raras al probarlo ¿me ha quedado flojo? 
—No, hijo —No digas nada, Carmina—. Es por ese anuncio —Hala, ya lo has dicho. 
—Ah, no lo he visto. Yo la pongo por los clientes pero la ignoro. 
Seguí con mi café cuando me pareció que al fondo se formaba cierto alboroto: susurros, risas contenidas… Eran los del dominó. Los conocía a todos desde niña, una de las ventajas de ser más vieja que las piedras. Me di la vuelta para observarlos fijamente. 
—Pero Carmina... con ese par de mujeronas guapas que salen ¿cómo no puede gustarte el anuncio?
Ricardo Matadepera, familia bien que se fue a la porra por el alcohol y el juego. Tres hermanos, al cual más mendrugo. Mi padre fue el único capaz de inculcarles un mínimo de educación, y porque al profesor Ramon Petit no le chistaban ni las moscas.

Mi silencio empezaba a suscitar cierto jolgorio entre sus lugartenientes del palillo en boca.
—Estos mensajes trasladan la responsabilidad a las mujeres maltratadas —dije convencida de que con todo ese coñac, seguro que él la espichaba antes que yo.
Las risas ya se hicieron públicas y notorias en todo el bar. Pero no podían durar demasiado porque están todos fatal de los bronquios.
—¿Y quién se atrevería a maltratarte a ti, Carmina, con esas hechuras de mula de carga?
—¡Señores! —Este era Aimar al otro lado de la barra.
Yo le hice un gesto con la mano: están hablando los mayores.

Me levanté y me acerqué hasta donde estaban ellos, lo suficiente como para distinguirlos, porque de lejos parecen un puñado de ratas almizcleras.
—¿Acaso no me estás maltratando tú ahora, Ricardo Matadepera, con tu ignorancia, tu vulgaridad y tu soberbia de macho venido a menos?
Ricardo dejó de reírse.
—En esa tele —retomé apuntando con dedo acusador— tendrían que salir un par de esos señores que tanto respeto os despiertan (Bertín Osborne, Carlos Herrera, José Manuel Soto…) diciendo las cosas como son: que si pegas a tu mujer, eres un maltratador, que si insultas a tu mujer, eres un maltratador y que si coartas la libertad de tu mujer, eres un maltratador. Y así los maltratadores se sentirían por fin aludidos y los malos aprendices, como tú y tus discípulos, os limitaríais al dominó que es lo único que sabéis hacer sin que se os descontrole la próstata.
Me volví hacia Aimar y abrí mi monedero para pagarle.
«Invita la casa» me susurró.

A cuidarse.

lunes, 16 de marzo de 2020

Confinados

A ver quién es el guapo que no lo menciona: que estamos en estado de alerta, que no podemos salir de casa, que si la curva de contagio que si el índice de mortalidad en los grupos de riesgo, que si tararí que si tarará. Al ritmo de esa musiquilla mis nietos casi me vuelven loca estos últimos días. Ada hasta llegó a tener la maleta hecha para venirse aquí a cuidarme. ¿A cuidarme de qué, si yo estoy como una rosa? Y al final se ha tenido que quedar en su casa con un gripazo de antología. Pero no por eso me dejan en paz, y tanto ella como su hermano me llaman todos los días. 

¿Y vosotros qué tal todo?, se me ocurre preguntarle esta mañana a Sauveur después de su interrogatorio de rigor. 

Empezó a explicarme que estaba siendo bastante duro porque al final lo del teletrabajo no es algo en lo que puedas concentrarte con niños por casa. Qué sorpresa, por otra parte. Y que no poder salir al gimnasio o hacer deporte le afectaba un poco y a Annabel, su mujer, también. Yo no sé cómo lo hacíamos cuando yo era joven para sobrevivir sin gimnasio. También que estaban organizando varias iniciativas vía whattsapp con otros padres del colegio para que los niños mantengan el vínculo entre ellos y hagan actividades conjuntas, los pobres. Sí, pobres niños en sus salones atestados de juguetes y tecnología, niños colmados de atenciones, niños alérgicos a medio minuto de aburrimiento. Que cada noche a las 20h los sacan al balcón para que griten lo que quieran y se desestresen, que tanto encierro los vuelve un poco majaretas. Majaretas, los niños, claro. Y ha acabado lamentándose de esta situación, de lo frustrante que es no poder actuar con plena libertad, que a él el otro día se le ocurrió coger la bici de buena mañana y a doscientos metros de casa lo paró una patrulla de la policía y tuvo que darse media vuelta muerto de la vergüenza… que entonces habían pensado en comprarse una… ¿elíptica? pero que con todo este asunto no hay ningún servicio de transporte que se la lleve hasta su casa. Y que a Annabel todo esto la había pillado con las raíces ya muy largas y que él había intentado decolorárselas en casa con un producto que compraron en el supermercado y que había sido un auténtico fracaso y que ahora no sabe cuánto va a tener que esperar para ir a que se lo arreglen. 

Cuando ya ha acabado de explicarme sus penurias le he dicho que esto que nos está pasando acabará siendo una aventura de la que hablar en las sobremesas familiares y de la que, afortunadamente, solo quedará la anécdota. Si de algo hay que estar fuerte ahora, hijo, es de cabeza, le he dicho justo antes de colgar. 

Menudos mierdecillas… 

A cuidarse.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Viejas

Pues acababa de hacerme mi cafetito de la tarde, deseando plantarme en el sofá a seguir viendo Bosch (qué detective tan profesional) cuando oigo que llaman a la puerta. No pude evitar chasquear la lengua contrariada mientras devolvía mi taza intacta sobre el platito. 

Raspa, que es un curiosón, se me pegó a las piernas todo el camino hasta la puerta. Cuando abrí, no me lo podía creer: FULANITA y MENGANITA. Raspa dio la vuelta y me dejó sola a mi suerte. 
— Carmina, hija, ¿qué es de tu vida? —me dijeron prácticamente a coro.
— ¿Ha pasado algo? —fue todo lo que acerté a decir. A estas edades, caemos como moscas.
— Nada, mujer, que como cada tarde salimos un rato de paseo nos hemos dicho ¿por qué no vamos hasta las afueras y saludamos a Carmina? Que nos dijo PROPANITA que el otro día te vio en la carnicería pero que ibas con tanta prisa que apenas pudisteis hablar de nada.
— Ah… PROPANITA.
— Mira que eres difícil de ver, si al menos te pasaras por el…
— El Casinet, sí.
— ¡Y no hablemos de tus nietos!
— No, no hablemos —dije, aunque era un deseo que no iba a cumplirse.
— El muchacho, fíjate tú el tiempo que hace —dice una.
— Y lo buen mozo que se hizo, con todos los problemas de salud que tenía de chico —dice la otra—. Los pulmones ¿verdad?
— Los juanetes —dije yo entonces sin saber muy bien por qué. Era una estupidez pero les dio igual.
— ¿Y tu nieta? Ana, ¿no?
— Ada.
— Fíjate que hace unas semanas vi pasar una muchacha flacucha y así como pálida y le digo a esta: mira si no es esa Ana, la nieta de Carmina. ¿Te lo dije o no?
— Sí, sí. Y yo le digo: qué seria va siempre ¿no? Y nunca se la ve con ningún muchacho.
— Es que mi Ana es lesbiana —se me ocurrió soltarles entonces.
— ¿Qué me dices? —dice una de ellas.
— Bueno, no te hagas la tonta que esto lo hemos comentado alguna vez —dice la otra.
— ¿Yo? Ni muerta —dice mirando a su amiga con puñales en los ojos—. Te lo juro Carmina, lo único que he comentado alguna vez es que tú de joven eras un poquito especial y no se sabía muy bien para donde tirabas.
— Bueno —dije yo entonces—, siempre me sentido muy trans, pero en aquellos tiempos había que callarse.
— Ah, vaya —dice una.
— No me digas —dice la otra sin entender tampoco lo que acababa de decirles.
— Y ahora, si me disculpáis, os dejo seguir con vuestro paseo que tengo una cosa al fuego. 
Cerré la puerta y de vuelta al sofá empecé a reírme yo sola: ¿trans? ¿cómo se me había ocurrido decir semejante cosa? Lo que tú siempre has sido, Carmina, es demasiado TRANSigente con las tonterías ajenas. Me dije. Me senté en el sofá, cogí mi café con una mano, el mando a distancia con la otra y, antes de encender el televisor, me volví hacia Raspa que me estaba mirando y le dije: 

Al que mucho quiere saber: poco y del revés. 

A cuidarse.

sábado, 19 de octubre de 2019

Dieta vegana

Hace algunas semanas, Bryn se pasó por casa y, como tantas otras veces, le puse un tazón hasta arriba de café y corté un buen trozo de bizcocho que había hecho el día antes. Y cuando iba a servírselo va y me dice: 
— Lo siento, Carmina, es que me he hecho vegano. 
— ¿Y eso qué tiene que ver? 
— Es por el huevo. Lleva huevo ¿verdad? 
— ¡Claro que lleva huevo! ¡A ver cómo haces tú un bizcocho sin huevo! 
— Sí, sí, pero no voy a comer nada de origen animal: huevo, lácteos, bacon… 
— ¿Pero, por qué? 
— Porque no quiero formar parte de la explotación animal, Carmina. 
— Pero ¿ni un poco de mantequilla en las tostadas? 
— No, nada de mantequilla, la mantequilla lleva leche y… 
— Vale, vale. ¿Un poco de pan para mojar en el café? Serás todo lo vegano que quieras pero tendrás que alimentarte. 
Y desde ese día me he aficionado a cocinar algunos platos en versión vegana y, si me quedan más o menos bien, invito a Bryn para que me dé el visto bueno. Pero se me hace muy complicado cocinar sin ningún ingrediente de origen animal —y sin pasarme con la sal— y que el plato quede gustoso. Con los guisos o recetas que llevan sofrito aún me defiendo porque tiro mucho de ajo, de pimentón y de hierbas varias (¡qué maravilla el comino!), pero hay retos imposibles como la sopa de verduras; me queda siempre como agua de fregar. 

A todo esto, Bryn ha estado sobreviviendo a base de hortalizas, cereales, legumbres y algas, (crudas o hervidas) porque no es que sea muy hábil en la cocina, ni tampoco voluntarioso. Y el resultado es, claro está, que se está quedando como un alfiletero. Un muchacho tan alto como él, que se pasa el día cargando hierros y piedras para sus esculturas, la otra tarde, sin ir más lejos, lo veo llegar pedaleando a todo trapo bajo la lluvia con su chubasquero verde caqui. Porque, claro, además va a todas partes con la dichosa bicicleta, ¡si es que ese trote no hay cuerpo que lo aguante! «Te das una ducha rápida y te vienes a cenar algo calentito» le escribí. A los quince minutos ya estaba en mi puerta. 
— ¿Te gusta la sopa? —le dije mientras él sorbía directamente del tazón. 
— Oh, Carmina… qué maravilla —me dijo— ¿no decías que la sopa vegana no te quedaba sabrosa? 
— La práctica, hijo, la práctica. 
La práctica y también el enorme hueso de jamón que estuvo estoicamente hirviendo cerca de dos horas entre zanahorias, chirivías, apio, acelgas, cebollas, puerros, calabacines, nabos, col y no sé qué más. 

¿Que le he engañado? Tal vez pero ¿y la satisfacción de verlo comer con tanto gusto, alimentándose como es debido? Además, ¿seguro que le engañado o se ha engañado él a sí mismo? Porque a ver si nos entendemos: el día que las zanahorias sepan a jamón, yo también me hago vegana. 

A cuidarse.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Un día normal

En principio tenía que ser un día normal; un poco de recoger la casa, un poco de faenar en el huerto, acercarme al mercado a hacer la compra, el cafetito de la tarde, algunas labores, un capitulillo de Mindhunter... lo que viene siendo la jornada estándar de una abuela de pueblo como yo. 

Todo iba según lo previsto hasta que he entrado en la carnicería a por unos filetes de ternera y me he encontrado con ella. Pensé en volverme y salir de allí ipso facto pero ya era demasiado tarde: 
— Hola, Carmina ¿ya no saludas? 
Podía sentir sus tentáculos urticantes tratando de alcanzarme. No obstante, mantuve el tipo: 
— No te había visto, mujer. 
— Pues el otro día lo comentábamos en el casinet, ¿dónde se meterá esta Carmina? 
Si los de narcóticos hicieran una redada en el puñetero casinet… Mejor te muerdes la lengua, Carmina. Hazte la tonta: 
— Qué raro que no me hayáis visto. Si yo vengo todas las semanas al mercado.
— De eso nada, yo vengo cada día y no te veo nunca. ¡Hasta pensaba que te habías hecho vegetariana y que ya solo comías lo que cultivas en tu huerto! 
Yo desnuco a las culebras que merodean mi huerto... pero no vas a sacarme de mis casillas; solo eres una pobre mujer, una pobre y miserable mujer… 
— ¿Cómo están tus nietos? ¿Sabes que a mi hija la han ascendido? 
Por fin alguien le ha reconocido que no es medio inútil si no inútil integral. 
— Y va a casarse este verano. Un chico guapísimo. ¿Tu nieta Ada no se casa? 
— No me ha comentado nada. 
— Me pareció verla pasar por la plaza hará un par de semanas. Al principio me hizo dudar con ese corte de pelo de muchacho. 
— Qué tarde se me está haciendo. Voy desfilando que tengo que darle de comer al gato. 
— ¿Tienes un gato? Pues yo tengo un perro ¡con pedigrí! 
— ¡Adiós! 
— ¡Y dile a tu nieta de mi parte que tiene que ser un poco más femenina! 
— Díselo tú el próximo día que la veas pasar por la plaza. 
Mamarracha. 

Y ya he llegado a casa de mal humor y dándole vueltas a lo que me ha dicho, a lo que tendría que haberle dicho y a lo que le diría si la tuviera delante en ese momento. No puedo con ella, me pone de los nervios. Será verdad que todos tenemos una némesis, alguien al que no soportamos, que nos hace hervir la sangre por más que tratemos de evitarlo y esa mujer —muy a mi pesar— es mi némesis, mi antagonista, mi doctora Moriarty. ¡La odio! 

Pero al cabo de un rato, mientras ponía orden en la cocina, me he dado cuenta de algo: que al odiar a esa mujer —a esa pobre y miserable mujer— lo único que consigo en tenerla en mi vida cuando lo que quiero es, precisamente, que esté fuera de ella. También me he dado cuenta que al irme así de la carnicería no he comprado los filetes de ternera. 

Y por eso odiar es malo: porque te une a la persona que detestas y también porque te deja sin comer. 

Un saludo.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Lo que ha traído el gato

Yo no me meto en la vida de nadie. 

Puedes preguntar a mis nietos, puedes preguntar a mis compañeros del club de lectura, a los otros viejos del pueblo, a los vendedores del mercado. Todos te dirán lo mismo: que yo no me meto en la vida de nadie. Eso es así. 

Otra cosa es que esté más o menos atenta de lo que sucede a mi alrededor, de la gente a la que aprecio, de mis vecinos... a veces alguien necesita ayuda y no es consciente de que la necesita o no tiene modo de pedirla o no sabe. Eso pasa. Y no es que vaya yo ahora de santa, también hay que decir que a veces se ve una metida en según qué situaciones que ni le van ni le vienen pero se ve obligada a intervenir. Y lo paso mal, eh, que no lo parece porque con los años he hecho callo pero yo soy muy vergonzosa. 

Y aun así procuro ser prudente, siempre busco el momento y la manera de ser lo menos intrusiva posible. Quizá no siempre acierte pero de verdad que le pongo toda mi buena voluntad. Y precisamente por eso, Bryn, estoy ahora en tu puerta. 

Ya te dije que esa verja de madera necesitaba un repaso, que de nada sirve que sea tan alta y tan maciza si luego tiene ese boquete a ras de suelo. Y yo no me meto, ya lo sabes tú, en lo que haces ni en quién te visita. Que yo te aprecio muchísimo y tenemos buena relación pero, eso sí, cada cual en su casa. Solo que eso no cuenta para Raspa, comprende que el bicho campa libremente por todas partes y que si ve un agujero por el que colarse, pues lo hace. No se puede sujetar a un gato como no se puede sujetar al agua. Eso es así. 

Otra cosa es que tal vez yo lo tenga mal acostumbrado permitiendo que meta en casa todo lo que caza, pero si quiero que me mantenga el jardín limpio de ratones y lagartijas tengo que reforzarlo positivamente; es un truco de toda la vida: él me enseña su presa, yo lo felicito y cuando se cansa de jugar con ella, a la basura. Fin de la historia. 

Imagínate cómo me he quedado esta mañana cuando me ha traído lo que me ha traído. Al principio no sabía ni lo que era porque una cosa tan menuda, tan poca tela —parece mentira— y con todo el barro y la pinaza incrustada… no ha sido hasta que lo he puesto bajo el grifo del fregadero y lo he frotado con jabón que he distinguido el dibujo de la blonda… en fin… Dile a la chiquita que está contigo que estas prendas tan pequeñitas hay que tenderlas en alto porque si no pasa lo que pasa. 

Anda, toma, dáselo, está limpio. Y no se hable más. Ya te he dicho que estas cosas me dan mucha vergüenza. Adiós. 

A cuidarse.

viernes, 26 de julio de 2019

Carta a mi sistema nervioso

Me llamo Carmina Petit y durante más de setenta años he sufrido cómo mucha gente de mi entorno se refería a mis nervios y me hablaba de ellos como si yo no supiera de su existencia. 

Uy, te estás poniendo nerviosa. 

Mis nervios hacen que levante ligeramente el tono de voz cuando algo me pilla desprevenida: una bocina, una pregunta, una mosca… Mis nervios producen un espasmo en mi cuerpo ante la invasión inesperada de mi espacio vital; puede ser alguien que choca conmigo en el autobús o una simple cagada de pájaro. Las situaciones tensas me ponen tan nerviosa que es probable que acabe llorando y que durante un par de horas sea presa de una molesta flojera en las rodillas. A veces los nervios me han quitado el sueño. Los nervios me han quitado el hambre. Los nervios me han nublado el entendimiento y me han hecho actuar impulsivamente o tomar decisiones precipitadas. 

¿Cómo eres tan nerviosa? 

Pero son mis nervios los que me levantan todas las mañanas con energía y ganas de vivir la vida —mientras que muchos maldicen y agonizan entre las sábanas con los ojos cubiertos de legañas—. Mis nervios son un resorte que me dan una capacidad de reacción más rápida de lo habitual —a ver si se creen que los reflejos de gato no son cosa del sistema nervioso—. Y cuando lloro de nervios a los dos minutos estoy como una rosa, he liberado la tensión y puedo volver a pensar con claridad y buscar una solución al problema que sea. 

Deberías relajarte. 

Porque todo el mundo tiene nervios, estén más o menos afinados. Deberíamos aceptarlos como una condición y no como una debilidad o una demencia. Y, por supuesto, nada de que ponerse nervioso es cosa de mujeres. Que por lo general las mujeres exterioricen más sus emociones no significa que los hombres no las tengan, lo que pasa es que cada cual gestiona el estrés como puede: unos lloran y otros se emborrachan… Personalmente, prefiero ser vista como una reina del drama antes que tener la úlcera más grande del reino. 

Se ha puesto histérica… 

Me llamo Carmina Petit, soy nerviosa y me siento orgullosa. Y no pienso permitir que mis nervios sean algo por lo que recriminarme. Yo no le recrimino a nadie su pachorra, su abulia, su sangre de horchata, su falta de chispa, su aparente desgana ni su desidia. Y a todos aquellos que os dedicáis a demonizar los nervios ajenos, tengo un consejo que daros: reflexionad sobre vuestra necesidad de señalar con el dedo a los que expresamos nuestras emociones libremente y luego coged ese mismo dedo y metéoslo donde os quepa —al final han sido dos consejos. 

Hombre ya. 

A cuidarse.

domingo, 5 de mayo de 2019

La casita azul


Renée compró la casa que estaba al final del pueblo por cuatro míseros duros. Estaba muy deteriorada, casi en la ruina, pero ella —y su debilidad por causas imposibles— se implicó de lleno en la reforma. Fue una etapa bastante intensa porque Renée andaba muy ocupada entre su trabajo en el Bleumer y el seguimiento de las obras y yo tenía a Juliette conmigo casi todo el día; iba con ella a todas partes y apenas tenía tiempo para pensar.

Aquello se llenó enseguida de hombres del pueblo que trasteaban tablones y capazos de cemento de un lado a otro, y antes de lo que nadie imaginaba, aquel cascarón cuarteado y lleno de piteras empezó a cobrar lustre y, como si fuera cosa de milagro, empezó a parecerse a una casa de verdad. Los huecos sombríos se convirtieron en ventanas, los muros desgastados se tornaron blancos y tersos como una sábana y recobraron las aristas, y la cubierta nueva (con las tejas de un vivo tono caldera) parecía que hubiera descendido del mismo cielo durante la noche anterior para posarse dulcemente sobre aquellas paredes. Los últimos retoques constaron de una segunda mano de pintura a la fachada: todo un zócalo gris azulado que rodeaba la casa y el mismo tono alrededor de las ventanas. La casita azul

Pero no fue hasta el día en que vi la camioneta de la tienda de muebles y aquellos operarios descargando la cama y la cómoda y la mesa de comedor, que se me cayó el mundo encima. No hacía más que repetirme a mí misma que se iban a vivir a escasos diez metros y que era mejor así pero no servía para que me sintiera mejor. Renée y la niña salieron de mi casa con sus pertenencias y su entusiasmo me rompía el corazón. «Ahora ya tenéis vuestra propia casa» les dije mientras cruzaban mi jardín «me alegro mucho por vosotras». Entonces Renée se detuvo y adoptó aquella expresión tan suya que en los meses que llevaba conociéndola yo había decidido bautizar como el semblante neutro. Y el semblante neutro de Renée —aunque aparentemente no expresaba nada— no debía ser tomado a la ligera porque era el que ella empleaba cuando barruntaba algo importante, algo que le tocaba muy adentro. 

«Carmina Petit… Esa casa no será un hogar si tú no estás en ella» 

Y es por esas palabras que ahora me hallo enredada en tantas tribulaciones. Ada y Sauveur no quieren poner la casa a la venta sin mi consentimiento, son muy buenos chicos; argumentan que no se le está dando uso, que no hay necesidad de que emplee mis energías en mantenerla. Pero yo les digo que me pidan cualquier cosa menos eso… ya sé que no tiene un sentido lógico y que ellos tienen razón pero ¡qué se yo! ¿cómo voy a deshacerme de mi casita azul? 

A cuidarse.

miércoles, 10 de abril de 2019

Buenas noches, señoro

Todas las noches echo mano del pendrive que suele traerme mi nieto Sauveur cuando viene a visitarme. Pero la otra noche no había manera de que el cacharrito hiciera contacto con el lector y me quedé sin saber cómo seguía la historia de Grace Marks —estoy casi segura de que ya tiene al doctor Jordan perdidamente enamorado, pero no puedo decir lo mismo de ella que es una muchacha con muchos dobleces—. Y como Raspa y yo ya estábamos perfectamente acomodados en el sofá con la mantita y las luces apagadas, decidí aventurarme a ver qué había en la televisión. 

Y resulta que el cantante este que sale tanto en las revistas y que es heredero de unas bodegas, tiene un programa...
— ¡Claro que tiene un programa! —me espetó Ada al día siguiente cuando hablamos por teléfono— ¿Cómo se titula? ¿«Ven a mi casa»?
— Ay, la casa… solo la cocina es tan grande como el súper del pueblo.
— El tono del programa también es muy como de súper de pueblo. ¿«Cena en mi casa»?
— Pero si no era una cena, hija, era de día.
— No, Carmina, no. Empiezan a hablar y a beber de día pero pasan así tantas horas que al final les anochece y cenan juntos y arreglan el mundo a su manera. Creo que es «Te invito a cenar».
— Pero no lo entiendo, si este hombre no es periodista ni nada.
— Bueno, él se justifica diciendo que se ocupa solo de la faceta humana de sus invitados. ¿«Cena conmigo»?
— A mí me dio un poco de pelusilla todo. Y eso de «la faceta humana» es muy engañoso, que de visita todos somos buenos.
— Me encanta esa expresión tuya.
— Y si a Hitler le hubieran hecho una entrevista para preguntarle por sus cuadros o por sus mascotas, nadie habría sospechado que era un dictador genocida.
— Quizá ese sea el objetivo. ¿«Esta noche, en mi casa»?
— Mmm... independientemente de lo que pretenda el programa, no me convenció. Yo es que a este señor…
— Señoro, señoro.
— Es igual, que lo tengo demasiado presente de cuando era joven y actuaba en los programas de variedades de la televisión pública, cantando sus baladas y sus rancheras.
— Pero como cantante tampoco debió tener mucha fama ¿no?. ¿Será posible que no pueda acordarme del nombre del maldito programa?
— Era más famoso por su vida privada que por sus canciones y, por lo visto, en Latinoamérica tenía bastante acogida. Además era alto y guapetón y sacaba mucho partido al tono canalla de sus letras… ¿Cómo decía esa tan famosa? ¿«Buenas noches, señora»? 
Ada empezó a reírse a carcajada limpia al otro lado del teléfono. Ella es así de explosiva, para lo bueno y para lo malo. 
—¿De qué te ríes, hija?
—Ya sé cómo debería llamarse el programa: «Buenas noches, señoro» 
El próximo día que venga por casa tengo que pedirle que me explique eso de señoro

A cuidarse.

domingo, 24 de febrero de 2019

Mátame camión


Como expresión me resultaba la mar de curiosa cuando tropezaba con ella en las redes sociales, incluso cuando Ada la utilizaba en alguno de sus mensajes. Yo suponía que se trataba de un sarcasmo aunque no soy muy buena para los sarcasmos y tengo que reconocer que, por muy graciosa que me resultara, en realidad no acababa de pillarle el sentido. 

Sin embargo, ayer mismo volvía del mercado pensando en mis cosas, abro la verja del jardín tirando (cada vez más) trabajosamente del carrito de la compra, llego hasta la puerta de casa y, cuando la abro, ahí estaba él otra vez, sentado en mi sillón: 
—¡Carmina! 
Mátame camión. 

—Para que veas que no me había olvidado de ti. Ya he empezado a traer mis cosas —dijo señalando la pared del fondo de la cocina en la que de pronto había aflorado una cabeza disecada de elefante.
—¿Qué…? ¿qué es eso?
—Una prueba de que voy en serio, Carmina —enunció con su particular voz gangosa mientras permanecía cómodamente repantingado y envuelto en mi manta para el sofá—. En adelante esta va a ser mi única casa y tú, mi única mujer.

En ese momento me percaté de que la tele estaba encendida a todo volumen con el programa de Ana Rosa. 
—¡Menuda hembra! —dijo él entonces—, si yo tuviera un par de años menos… 
—Si tuvieras un par de años menos, tendrías setenta y nueve —le espeté yo entonces, sorprendida ante el hecho de disponer de un dato tan inútil—. ¿Dónde está Raspa? 
—No seas celosilla, mujer… 
Me imaginé al pobre bicho en manos de un taxidermista sádico y casposo, dispuesto a atornillarlo sobre una peana de roble barnizado para exponerlo sobre la mesita de la entrada. Me estaba clavando el mango del carrito de la compra en la palma de la mano de tanto coraje… 
—¡El gato! —anuncia uno de los tipos de negro apareciendo tras de mí con una jaula. 
Raspa estaba dentro con una escafandra en la cabeza y todo el cuerpo recubierto de papel film. Parecía un solomillo. 
—Ya te comenté que soy alérgico a los gatos —dijo él con todo su cuajo al contemplar la expresión de mi rostro. 
Y otra vez me desperté a punto de cometer monarquicidio. El subconsciente es sabio. Me di cuenta de que tenía la mano agarrotada sujeta al borde de la cama. Era un sueño, Carmina, ya pasó, ya pasó. Llamé a Raspa sin incorporarme siquiera. El gruñido de la puerta precedió al tipitap de las pisadas y, al momento, ¡miauuu!, ya lo tenía sobre la cama. 

Mientras le acariciaba el lomo empecé a barajar la idea de hablar con alguien del asunto. No podía considerarse un hecho aislado porque ya era la segunda vez. Es más, a lo mejor no era la única que estaba viviendo esta situación. Cerré los ojos un instante y me dije: 

«Hola, me llamo Carmina Petit y el rey emérito me acosa en sueños». 

Me reí tan fuerte que Raspa saltó de la cama con un bufido.

A cuidarse

lunes, 4 de febrero de 2019

Grandes momentos

Bryn no tiene tele porque es muy hippy pero su ordenador está siempre encendido a todo trapo con la música. El otro día fui a llevarle un poco de caldo y se empeñó en enseñarme unas piezas de arcilla con las que estaba muy implicado. En lugar de trabajar en el garaje, como hace siempre, se había instalado en el salón y no voy a decir cómo estaba todo de polvillo anaranjado. 

El ordenador también. 

Hubo un momento en que Bryn salió al jardín a buscar no sé qué y yo aproveché para pasarle un pañito a la pantalla, que daba pena verla, y entonces me percaté de aquellas imágenes y aquella música que me trasladaron casi cuarenta años atrás. No es fácil olvidarse de esa mujer pasando la aspiradora con semejante mostacho en la cara. Renée y yo solíamos sentarnos a ver el vídeo entero cada vez que lo daban por la tele. 
—¿Qué es lo que dice?
—Que quiere ser libre —me explicaba Renée entre risas. 
Pero no dejaba de ser un contrasentido porque tan pronto estaba pasando el aspirador y diciendo que quería ser libre como abría un armario y dentro había una multitud cantando. Y el mismo muchacho que antes estaba vestido de mujer aparecía con unas mallas de lycra con estampado de piel de vaca, bailando con otros con las mismas pintas como si fueran todos un grupo de ninfas y sátiros. 
—Lo buen mozo que es y las pintas que lleva —le decía entonces a Renée mientras me preguntaba qué era exactamente lo que me pasaba cada vez que veía aquel vídeo. Y es que aunque mi cerebro me inducía a apartar la vista de tanto disparate, mi cuello se negaba a obedecer. 
Estaba tan ensimismada con el vídeo que no me he dado cuenta de que Bryn ya había vuelto y que me observaba con curiosidad. 
—¿A ti también te gusta Queen, Carmina?
—Uy no, hijo. Este muchacho me desconcierta. 
Me di cuenta de que Bryn tenía ese brillito en los ojos de cuando, según él, acaba de tener una buena idea. 
—Espera, me dijo —mientras iba a por una silla. 
Me hizo sentarme frente a la pantalla y luego anduvo tecleando en el ordenador. 
—Ya —anunció mientras se acercaba un taburete y se sentaba a mi lado.
—¿Pero qué…? 
Él se llevó el dedo índice a los labios para pedirme silencio y me señaló la pantalla. Reconocí enseguida la música de «Barcelona», la canción que se compuso para celebrar los Juegos Olímpicos del 92. Observé a la maravillosa Caballé que perdimos hace tan poquito, con su voz prodigiosa y su presencia, siempre tan elegante. Y entonces miré al muchacho que cantaba con ella… ¡Ay! 

Vi el vídeo entero sin pestañear siquiera y cuando acabó, sentí que tenía un nudo en la garganta. Bryn me miró de reojo y sonrió. 
—Es imposible que a alguien no le guste Freddy Mercury, Carmina —me dijo.
—Eres un tunante —le respondí. 
Todavía me temblaba la voz. 

A cuidarse.

domingo, 6 de enero de 2019

Mala cabeza


Hacía tiempo que no escribía y es que han sido unos días complicados. Nada que ver con los preparativos navideños —llevo tantas Navidades a mis espaldas que lo tengo todo muy por la mano— si no a que sucedió algo que me creó más desconcierto del que hubiera podido imaginar. 

El domingo 23 por la mañana nada más entrar a la cocina me di cuenta: Raspa no andaba merodeándome las piernas para reclamar su desayuno. Entonces pensé en la noche anterior ¿lo había visto? Sí, tal vez por la tarde, pero como luego no me senté a ver ninguna serie, tampoco tuvimos nuestro momento sofá. 

El 24 Bryn preparó la cena en su casa y yo ya no pude más y le pregunté si había visto a Raspa por su jardín. «Llevo dos días sin saber de él». Bryn me escrutó con sus ojillos aguamarina y luego me explicó que los gatos que viven en entornos rurales suelen hacer eso cuando perciben que hay otro macho cerca y tienen que proteger su territorio o cuando hay alguna hembra en celo por los alrededores y, algunas veces, se van simplemente para explorar. Pero me aseguró que siempre volvían. 

El 25 y el 26 estuvieron aquí mis nietos y sus familias. Yo temía que en algún momento alguien preguntara por Raspa pero con todo el ajetreo de las comilonas y los regalos nadie reparó en su ausencia. Guardé en la nevera un poco de relleno de los canelones. A Raspa le vuelve loco. 

Pasaron las fiestas señaladas y después el 27, el 28, el 29, el 30… El 30 por la noche tiré el relleno de los canelones; afuera llovía con furia y corría un viento helado; no pude evitar pensar que seguramente no volvería a ver a mi Raspa y entonces se me saltaron las lágrimas. 

El 31 Bryn me preguntó si había noticias y cuando le dije que no, pude ver en su rostro lo que pensaba, sin embargo me dijo que los gatos eran imprevisibles y que no había que perder la esperanza. Pero esa noche mientras comíamos las uvas yo despedí el año y me despedí también de él. «Has sido un buen gato» dije para mis adentros con un nudo en la garganta. 

La mañana del 1 estaba yo de pie pelando patatas con la vista perdida a través de la ventana y entonces, no sé si escuché algo o simplemente lo presentí, pero me di la vuelta muy despacio y allí estaba: medio acurrucado como si las patas no pudieran sostenerle el cuerpo y con todo el pelo enmarañado y lleno de rastrojos. Emitió un solo maullido apagado, ronco, y permaneció allí quieto sin moverse. Lo cogí en brazos y lo besé aunque, a decir verdad, olía a rayos. 

Tuve que cortarle parte del pelo para sacarle todos aquellos cardos enredados y luego le di un lavado a fondo que él aceptó sin oponer resistencia. Se había quedado en los huesos. Pasé el resto del día observando si comía, si dormía, si hacía sus necesidades… era como si se hubiera quedado sin energías. Esa noche me lo puse sobre el regazo con una manta mientras veía una serie. De vez en cuando le acariciaba el lomo y notaba los trasquilones de pelo y, justo debajo, las costillas. Él debió adivinar mis pensamientos porque volvió hacia mí la cabeza muy despacio y emitió otro de esos maullidos desangelados como si tratara de darme alguna explicación. Yo lo miré un poco enfadada por todo lo que me había hecho pasar. 

«Por tu mala cabeza, Raspa, por tu mala cabeza» le dije. 


A cuidarse.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Pequeñas crisis cotidianas (II)

Me siento con Bryn y le digo que así no pueden seguir y le propongo lo siguiente: él dedicará las mañanas por entero a las niñas con alguna actividad que las distraiga y las obligue a quemar energía; al mediodía les cocinará algo saludable, se encargará de que se lo acaben todo y —puse mucho énfasis en este punto— les dará fruta de postre. Y cuando ya hayan comido me las manda a casa y yo me encargo de distraerlas un par de horitas y darles la merienda para que él disponga de un rato para sus cosas. 

Hablando claro, le leí la cartilla, pero valió la pena porque Bryn ya ha demostrado otras veces que aunque parezca que viene de saquear la costa de Normandía, es un hombre bastante razonable. 

Y la verdad es que el plan resultó un éxito: las niñas aparecían por casa después de comer, con el temperamento reblandecido por el cansancio y la digestión en proceso; la pequeña, que es más de llorar, ya entraba medio llorosa. Yo me las apachurraba a las dos en el sofá con una mantita, les ponía un episodio de Callou o de Peppa Pig o de cualquier otro de los que tengo en el disco duro para cuando viene Berta, y las peinaba muy despacio con un cepillo mientras ellas acariciaban a Raspa. Caían como moscas. Solían dormir cerca de una hora y yo, que con una a cada lado no podía moverme del sofá, aprovechaba para ponerme una serie de las mías, pero con el volumen bien bajito. 

Cuando las niñas se despertaban, preparábamos la merienda —algo nutritivo pero con poco azúcar, que no conviene echar gasolina— mientras escuchábamos un poco de música y así pasábamos la tarde hasta que su padre asomaba la cabeza. 

«Hi, sweeties… how are you?»

Tengo que reconocer que yo estaba henchida de satisfacción por cómo había reconducido aquel asunto e incluso me vi tentada varias veces de decirle a Bryn algo así como «¿Lo ves? A los niños hay que entenderlos, ponerse en su lugar… con paciencia todo se logra», en plan regodeo, vamos. Menos mal que no lo hice porque como decía padre, la vanidad es una cosa muy mala. 

Una de aquellas tardes, las niñas estaban devorando unas rebanadas de pan tostado con queso fresco con tal afición que no se dieron cuenta (o les importó un pimiento) que su padre acabara de entrar y las hubiera saludado. En vista de aquella muestra de indiferencia Bryn, que también tiene su corazoncito, se acercó a la más mayor e hizo ademán de arrebatarle la tostada que se estaba comiendo y entonces ella se volvió hacia él claramente contrariada mirándolo con los ojillos encendidos como dos brasas y en ese momento, para sorpresa de ambos, pronunció sus tres primeras palabras en castellano: 

«¡Plata o plomo!» 

Yo quería que me tragara la tierra. Miré a Bryn de reojo y deduje que no entendía nada de lo que la niña acababa de decir y yo, por supuesto, me hice la loca. Luego lo pensé con más calma y, siendo medio hippy como es, tiene sentido que el hombre nunca haya visto Narcos

A cuidarse.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Pequeñas crisis cotidianas (I)

Al final, Bryn se lio la manta a la cabeza y se trajo a las niñas desde Cardiff un par de semanas. Yo le dije que contara conmigo para lo que necesitara, que para eso estaban los vecinos (y los amigos). 

Las niñas eran muy graciosas, dos duendecillas de pelo casi blanco y ojos diminutos y chispeantes como los del padre. Y prácticamente idénticas, yo las distinguía por el tamaño: una de siete años y otra de cuatro. Sus nombres gaélicos a mí se me escapaban. 

Si yo estaba en casa, dejaba abierta la entrada al jardín para que entraran y salieran a su antojo. El sonido de sus pasos descalzos por todas partes, sus grititos, sus juegos, me transportaron a otra época, cuando Sauveur y a Ada eran pequeños. Incluso más atrás, con Juliette… Y si no era porque las oía llegar, era porque veía a Raspa salir huyendo por alguna ventana al oír los kitty, kitty! Y es que, como no podía ser de otra manera, todo lo que decían era en inglés. Yo es que me meto en cada lío… 

Y Bryn como padre está bastante verde, se nota a la legua que no está acostumbrado a pasar tiempo con sus hijas ni a tratar con niños en general. Y además, para qué nos vamos a engañar, que el hombre tiene los antepasados que tiene, ¿alguien ha visto Braveheart? Pues no hace falta que diga nada más. Pero si pongo la habilidad de Bryn como padre en entredicho no es porque las niñas pasaran el día descalzas en pleno mes de noviembre o porque sus enredos del pelo parecieran nidos caracoleros o porque no comieran más que sándwiches y patatas de bolsa. Al fin y al cabo, se las veía felices, sobre todo los tres primeros días que hicieron alguna actividad fuera de casa con su padre y quemaron energía. Pero el cuarto día después de comer la casa se convirtió en un polvorín; desde mi cocina llegaban las quejas y lloros de las pequeñas y los reproches del padre. Hasta Raspa se pegó a mis piernas con las orejas erguidas. Estuvieron así cerca de dos horas, no se entendía nada pero era algo así como que ellas le reclamaban y él quería estar tranquilo. Tranquilo. Qué gracioso. Yo no sabía qué hacer porque no dejan de ser cosas de familia, así que encendí mi radio un poco más alta de lo habitual y empecé a recoger la cocina. 

Llevaba ya un buen rato fregoteando cuando noto un tironcillo en mi delantal. Me doy la vuelta y ahí estaban la grande con la pequeña de la mano, mirándome como dos cachorritos. No sé cómo conseguí entenderme con ellas pero acabamos haciendo un bizcocho para merendar y pasamos la tarde la mar de a gusto. Cuando Bryn apareció por la puerta las dos niñas parecían otras: tranquilas y risueñas. 
—Gracias, Carmina —murmuró él—, necesitaba un respiro.
—Los padres no respiran —le dije yo guiñándole el ojo.
(Continuará)

domingo, 28 de octubre de 2018

Teorías notorias




Yo nací en la posguerra y a veces me da por pensar que la Guerra Civil se produjo porque una mitad de la población y la otra tenían ideas totalmente opuestas, y que si en lugar de dos mitades se hubiera tratado de un tercio y dos tercios, a lo mejor no viviríamos con el recuerdo de aquella barbarie porque nunca se habría producido. 

Luego me doy cuenta de que no hemos mejorado mucho (y eso que la historia está para aprender de los errores), ahí tienes a los de la derecha y a los de la izquierda sin ser capaces de ponerse de acuerdo, ¡por no hablar de los de la izquierda entre ellos!, ¡o la derecha misma que ahora está también dividida y en plena carrera hacia vaya usted a saber dónde! 

Y yo me pregunto ¿Por qué somos tan diametralmente opuestos en este país? No será por la educación, que en principio es la misma para todos. No es generacional porque gente de una ideología u otra hay en todas las franjas de edad. Tampoco se me ocurriría decir que es una cuestión genética ¿te imaginas? ¡el gen conservador, el gen republicano! Empiezas diciendo eso y acabas con tus vídeos dando tumbos por el YouTube de marras. 

Yo tengo una teoría; mis teorías suenan un poco esperpénticas pero tienen su razón de ser. Se me ocurrió comentársela a Ada cuando vino el otro día a verme: 
— Es una cuestión geográfica —le dije—: temperatura, mareas, diferencias de presión… todo eso nos afecta en el ánimo.
— ¿Quieres decir que donde hace frío son más así y donde hace calor son más asá? —dijo ella mientras masticaba un trozo de tarta de zanahoria—. Porque ese argumento es muy simplista.
— Lo que yo quiero decir es que como estamos rodeados por tantas variables que nos aturden de diversas maneras, estamos todos alterados y así no hay forma de ser moderado ni de hallar puntos de encuentro.
— ¡Esa es tu teoría! —exclamó ella.
— Te diré más —insistí—: las fronteras. No es lo mismo limitar con Portugal, que es el último país del continente, que limitar con Francia (que no deja de ser la puerta de Europa) o que tener todo el Mediterráneo por delante.
— Tienes que dejar el café.
— Fíjate que el otro día leí algo sobre la Región Mediterránea. Resulta que históricamente se consideraba que tenía una entidad propia; el Mediterráneo, lejos de considerarse una frontera, era un elemento de intercambio y enriquecimiento cultural y económico.
— Y debería serlo también ahora —murmuró Ada con acritud.
— Pues eso. Y ya no hablemos de la frontera sur y su compleja relación con el norte de África, que se tardó cuatrocientos años en lograr la Reconquista.
— Qué coño de reconquista, Carmina… —espetó Ada— ¡si llevaban viviendo aquí cuatrocientos años digo yo que también era su casa! 
¡Miauuu!
Raspa, que llevaba todo el tiempo tumbado junto a mis pies, se había levantado y miraba a Ada fijamente.
— ¿Qué? —le dijo ella— ¿no estás conforme?
¡Miauuu!
—Mejor cállate que a ti te encontré en la calle
Raspa volvió a enroscarse sobre mis pies sin replicar. Hoy hemos descubierto que es cristiano.

A cuidarse.

lunes, 8 de octubre de 2018

Reina por un día


Resulta que yo estaba en mi cocina haciendo mermelada cuando oigo el ruido de unos motores junto a la verja. Me asomo a la ventana del jardín y veo que se detienen tres coches negros idénticos, de esos que tienen los vidrios tintados. Empiezan a salir tipos con gafas oscuras, hechuras de armario ropero y pinganillos en la oreja, y cuando ya están colocados formando un pasillo, entonces sale él. Supe que era él porque quieras que no, y aunque sea solo de verlo en la tele, la vista también tiene cierta intuición. 

Le invité a pasar y le ofrecí café, que una puede tener sus ideas pero eso no quita que me guste ser hospitalaria, y él hizo un gesto a su tropa para que aguardaran fuera, incluso uno que parecía su secretario tuvo que recular mientras murmuraba entre dientes.
Se sentó en mi butaca (qué buen ojo tiene el señorón) por lo que yo tuve que acomodarme en un extremo del sofá. Aproveché para observarlo de cerca, no todos los días se presenta una oportunidad así, estaba muy consumido y ajado, se nota que en televisión hacen maravillas con el maquillaje y las luces. Entonces él me miró fijamente y habló: 
—Carmina —me dijo—, eres una buena mujer y tienes una casa muy acogedora. 
Yo iba a darle las gracias y a preguntarle cómo sabía todo eso si no nos conocíamos personalmente, pero él seguía hablando:
—Hace tiempo que estás bajo vigilancia y tras una larga búsqueda, me llena de orgullo y satisfacción anunciarte que eres exactamente lo que estaba buscando.
—¿Me han estado vigilando? ¿Eso se puede hacer?
—Habrás notado, en los medios de comunicación, lo mucho que se ha degradado mi imagen pública en los últimos años pero estoy decidido a restaurarla, quiero ser recordado como el hombre afable y campechano al que todos querían.
—Si me lo permite, está usted en el Ampurdà, no en Lourdes.
—Quiero acabar mis días junto a una mujer sencilla y humilde que me cuide con cariño. No va a faltarte de nada, Carmina —dijo sujetando una de mis manos entre las suyas— pero sí vas a tener que transigir en algo: no podemos casarnos.
—Ah —balbuceé yo.
—Sé que es decepcionante pero, según mis asesores, el pueblo me perdonará que viva apartado de mi esposa pero no que la relegue a un segundo plano institucional, ella es muy querida. Qué pelo tan bonito tienes —espetó entonces antes de añadir—: me gustan las pelirrojas. 
Yo lancé una mirada de soslayo sobre mis hombros y cuál fue mi sorpresa al ver mi melena rojiza cayendo en cascada sobre mi pecho, nada que ver con las hebras grisáceas que llevaba peinando los últimos cuarenta años. Aquello era muy raro. Y justo en ese momento Raspa entró en la sala y empezó a olfatear la decrépita figura aposentada en el sillón. 
—El gato se tiene que ir —dijo él con desgana—. Soy alérgico. 
En ese preciso instante sentí la rabia (una emoción que tenía bastante olvidada) trepándome por el esófago y amenazando con zafarse de entre mis dientes en forma de: «¡Hasta aquí podíamos llegar!». Y entonces, afortunadamente, me desperté. 

A cuidarse.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Una historia que contar

Cuando yo era muy muy pequeña, si un niño quedaba huérfano, se lo llevaban unos parientes o se quedaba a vivir con los vecinos. Ese niño, pese a su desgracia, siempre tendría una gran historia en su haber: que cuando se enfrentaba a la terrible tragedia de quedarse solo en el mundo, alguien había decidido cuidarlo. No nos sucedía lo mismo a los niños y niñas que sí teníamos padres —o padre, en mi caso—, ya que nuestra historia era la misma para todos nosotros porque a todos nosotros, y sin excepción, nos había traído la cigüeña. 

Nunca me gustó demasiado formar parte de ese segundo grupo —mayoritario e insustancial— de niños con cigüeña y sin nada interesante que poder explicar, y ya estaba a punto de darme por vencida cuando descubrí que en mi propio pueblo, entre los críos de la escuela, había un tercer grupo que, sin duda, era el de los más privilegiados: niños con padres y también con una historia. 

Eran cinco hermanos entre los tres y los diez años y cada uno de ellos sabía exactamente de dónde venía: Carmeta, la mayor, viajaba con unos feriantes gitanos que la desatendían y que planeaban venderla. Josep, el segundo, había sido abandonado en el bosque a expensas de los lobos. Alfons, el tercero, bajaba peligrosamente por el río metido en una cesta diminuta —sí, sí, como Moisés—. Mariona, la cuarta, apenas caminaba y ya trabajaba encerrada en un molino. Y el más pequeño, Roc, colgaba peligrosamente de la rama de un árbol altísimo justo en el momento en que su salvador pasaba por allí cerca. Su padre los mantenía embelesados mientras les explicaba todas esas historias en las que él al final lograba salvarlos tras pasar no pocos aprietos. Y con esas historias les amenizaba las tardes de lluvia, al calor de la humilde chimenea; les hacía reír, les hacía llorar y, sobretodo, les recordaba lo queridos que eran. 

Quizá fuera eso lo que urdió en mí unos celos terribles hacia aquellos cinco hermanos con la cara llena de mocos. Yo también quería una historia como la suya para sentir que importaba y si mi madre hubiera vivido me la habría dado; pero mi padre no, él era un hombre demasiado racional y de haberle insistido me habría acabado explicando la verdad. Por suerte no insistí y todavía pasaron varios años antes de saber cómo llegaban los niños realmente a este mundo. Teniendo en cuenta mis expectativas fue terriblemente decepcionante. 

A cuidarse.

viernes, 18 de mayo de 2018

Pequeños grandes placeres



Sauveur, Annabel y la niña iban a visitarme el sábado por la tarde pero antes de que llegaran llamó Ada: estoy en el coche con los perros ¿me invitas a un café?; y cinco minutos más tarde, mientras sacaba la tarta de manzana del horno, llega Bryn emocionado con un tarro de nata fresca de no sé qué granja de los alrededores. 


Así que ese sábado los tuve juntos en mi mesa, a excepción de Berta que estaba demasiado excitada con los perros e insistió en que sus padres le dejaran quedarse en el jardín. 

Puse la nata en un bol, la tarta en platitos y serví café a todo el mundo, y mientras el chorrito oscuro y humeante golpeaba mi taza, sentí su aroma. Debí poner cara de gusto porque Ada me dijo: 
—Tú no te cortes ¿eh? Que la hipertensión en realidad no existe. 
—Un día es un día —dije yo llenando la taza hasta arriba—. No me toquéis el café que es uno de mis pequeños grandes placeres y el mejor invento de la humanidad —Sauveur me miraba condescendiente— El café, las novelas y fregar con Fairy —concluí yo y todos rieron menos él que negaba con la cabeza— ¿Ah, no? Pues dime tú. 
—Los mejores inventos de la humanidad son: la empatía —Ada hizo un amago de abucheo ahuecando las manos—, el cine —hubo cierto murmullo que tendía a la aprobación— y, por supuesto, los navegadores para el coche —Annabel esbozó una leve mueca—. La de discusiones que nos han ahorrado, mi amor —susurró él con cariño— Ada —anunció mirando a su hermana—: te toca. 
—El jamón de bellota, el sexo y las tandas numeradas en las tiendas. En ese orden —espetó ella del tirón. Annabel lanzó una mirada furtiva hacia la ventana para asegurarse que Berta no les estuviera escuchando mientras los demás reíamos por lo bajo— Venga, venga, no seáis hipocritillas… —canturreaba Ada. 
—¿Y los perros? —dijo Sauveur. 
 —Los perros son algo intrínseco a mi persona, como tener pelo en la cabeza. Bryn, te toca. 
—Cerveza, sol y playa —dijo también de corrido mientras nos miraba con sus ojillos juguetones de color aguamarina— ¿Qué esperabais? —Exclamó ante nuestra falta de reacción— ¡Soy un guiri! 
Todos reímos. 
—Falta Annabel —dije yo entonces. 
—No sé, podrían ser tantas cosas… 
—Venga, mójate —insistió Ada. 
—Pues supongo que la familia, el yoga y —titubeó como si fuera a decir algo vergonzoso— ¿el chocolate? 
 Berta entró de pronto buscando algo y al percibir nuestro silencio, alzó la vista y nos miró. 
—Jugamos a decir las tres cosas que más nos gustan —le dijo su padre—, te toca. 
—El chocolate —respondió ella sin pensar mientras se agachaba para mirar bajo la mesa. Estaba buscando a Raspa. 
—No vale, el chocolate ya está dicho. 
—En realidad a mí solo me gusta el negro —aclaró Annabel. 
—El chocolate blanco y el chocolate marrón —dijo la niña mientras buscaba tras el sofá.  
—Te falta uno… no puede ser todo chocolate —insistió Sauveur a pesar de la patente falta de interés de la niña—. Vamos, Berta, que ya tienes cinco años, piensa un poco… La niña se volvió hacia él y dijo entre hastiada y desafiante: 
—Lo que más me gusta es hacer pis en la bañera. 
Ada, Bryn y yo proferimos una gran carcajada, fue inevitable y más con la cara que se les había quedado a los padres mientras Berta seguía buscando al gato. Ada, sobretodo, parecía que fuera a partirse por la mitad y cuando vio que yo la estaba mirando me correspondió con una sonrisa cómplice: Me encanta esta niña. 

A cuidarse.

sábado, 28 de abril de 2018

«Cosas» de mujeres


Supongo que me habrás oído hablar por teléfono con Ada. Yo ya sé que ella no acepta que se le diga según qué pero ¿qué iba a hacer si no? Y entiendo que me pongas cara de «cómo se te ocurre» pero ¿me entiendes tú a mí? ¡Concho, que es mi nieta! Y todo esto que está pasando me asusta. Que ya paso de los treinta, Carmina, me ha dicho, ¡que ya no soy ninguna perita en dulce! Y se reía la muy… 

Nunca me ha preocupado que estén lejos, ellos tienen que hacer su vida y punto; más bien son ellos los que se inquietaban por mi salud y mi autonomía. Pero ahora viviría más tranquila si pudiera estar allí. Si fuera por mí, cogería un tren ahora mismo y me plantaría en su casa. 

No, no, no. Ya sé que no es una chiquilla, ya sé que no le gusta demasiado sociabilizar con desconocidos, que no le va a pasar eso mismo que a la pobre criatura de los San Fermines; pero después de que los jueces —tres jueces, uno de ellos mujer— dijeran lo que han dicho, es como si nosotras valiéramos menos, como si lo que a nosotras nos pueda suceder en manos de un hombre fuera algo secundario, como si fuera casi natural, ¿a ti no te lo parece? Y vete a saber si eso no animará a otros descerebrados que hasta este momento se habían contenido por miedo a pudrirse en la cárcel. ¿En qué estarán pensando algunos hombres, digo yo? 

Padre, con todo lo serio que era, cuando le hablaba de rumores que corrían por el pueblo siempre acababa sentenciando: «A todos los tontos les da por lo mismo». Yo me lo tomaba como un exceso de soberbia por su parte; padre, aunque se cuidara mucho de que se le notara, en el fondo miraba al resto por encima del hombro, convencido de que eran víctimas de su propia ignorancia pero si lo pienso bien, algo de razón tenía. ¿Acaso no está en la cabeza de cada uno evitar que se cometa ese tipo de vilezas? 

Ada, cariño, le he dicho, ten mucho cuidado. No, escúchame, anda, que ese barrio tuyo por la noche es muy solitario, no salgas sin los perros. ¿Los perros? Ha dicho ella otra vez a punto de reír, ¡estos solo muerden si les tocas la comida! ¡Voy apañada si dependo de ellos!. Yo ya la he dejado por imposible porque veía que cuanto más le dijera, menos en serio se iba a tomar el tema; me he quedado callada y entonces, al cabo de unos segundos ha sido ella la que ha hablado: 

«Carmina» ha susurrado «el desgraciado al que se le ocurra ponerme una mano encima, primero tendrá que matarme». 

Y por eso no tengo ganas de cenar. Acábate el pienso y vete a tu capazo que hoy no hay tele. 


(Un fuerte abrazo para TODAS)