domingo, 5 de mayo de 2019

La casita azul


Renée compró la casa que estaba al final del pueblo por cuatro míseros duros. Estaba muy deteriorada, casi en la ruina, pero ella —y su debilidad por causas imposibles— se implicó de lleno en la reforma. Fue una etapa bastante intensa porque Renée andaba muy ocupada entre su trabajo en el Bleumer y el seguimiento de las obras y yo tenía a Juliette conmigo casi todo el día; iba con ella a todas partes y apenas tenía tiempo para pensar.

Aquello se llenó enseguida de hombres del pueblo que trasteaban tablones y capazos de cemento de un lado a otro, y antes de lo que nadie imaginaba, aquel cascarón cuarteado y lleno de piteras empezó a cobrar lustre y, como si fuera cosa de milagro, empezó a parecerse a una casa de verdad. Los huecos sombríos se convirtieron en ventanas, los muros desgastados se tornaron blancos y tersos como una sábana y recobraron las aristas, y la cubierta nueva (con las tejas de un vivo tono caldera) parecía que hubiera descendido del mismo cielo durante la noche anterior para posarse dulcemente sobre aquellas paredes. Los últimos retoques constaron de una segunda mano de pintura a la fachada: todo un zócalo gris azulado que rodeaba la casa y el mismo tono alrededor de las ventanas. La casita azul

Pero no fue hasta el día en que vi la camioneta de la tienda de muebles y aquellos operarios descargando la cama y la cómoda y la mesa de comedor, que se me cayó el mundo encima. No hacía más que repetirme a mí misma que se iban a vivir a escasos diez metros y que era mejor así pero no servía para que me sintiera mejor. Renée y la niña salieron de mi casa con sus pertenencias y su entusiasmo me rompía el corazón. «Ahora ya tenéis vuestra propia casa» les dije mientras cruzaban mi jardín «me alegro mucho por vosotras». Entonces Renée se detuvo y adoptó aquella expresión tan suya que en los meses que llevaba conociéndola yo había decidido bautizar como el semblante neutro. Y el semblante neutro de Renée —aunque aparentemente no expresaba nada— no debía ser tomado a la ligera porque era el que ella empleaba cuando barruntaba algo importante, algo que le tocaba muy adentro. 

«Carmina Petit… Esa casa no será un hogar si tú no estás en ella» 

Y es por esas palabras que ahora me hallo enredada en tantas tribulaciones. Ada y Sauveur no quieren poner la casa a la venta sin mi consentimiento, son muy buenos chicos; argumentan que no se le está dando uso, que no hay necesidad de que emplee mis energías en mantenerla. Pero yo les digo que me pidan cualquier cosa menos eso… ya sé que no tiene un sentido lógico y que ellos tienen razón pero ¡qué se yo! ¿cómo voy a deshacerme de mi casita azul? 

A cuidarse.

miércoles, 10 de abril de 2019

Buenas noches, señoro

Todas las noches echo mano del pendrive que suele traerme mi nieto Sauveur cuando viene a visitarme. Pero la otra noche no había manera de que el cacharrito hiciera contacto con el lector y me quedé sin saber cómo seguía la historia de Grace Marks —estoy casi segura de que ya tiene al doctor Jordan perdidamente enamorado, pero no puedo decir lo mismo de ella que es una muchacha con muchos dobleces—. Y como Raspa y yo ya estábamos perfectamente acomodados en el sofá con la mantita y las luces apagadas, decidí aventurarme a ver qué había en la televisión. 

Y resulta que el cantante este que sale tanto en las revistas y que es heredero de unas bodegas, tiene un programa...
— ¡Claro que tiene un programa! —me espetó Ada al día siguiente cuando hablamos por teléfono— ¿Cómo se titula? ¿«Ven a mi casa»?
— Ay, la casa… solo la cocina es tan grande como el súper del pueblo.
— El tono del programa también es muy como de súper de pueblo. ¿«Cena en mi casa»?
— Pero si no era una cena, hija, era de día.
— No, Carmina, no. Empiezan a hablar y a beber de día pero pasan así tantas horas que al final les anochece y cenan juntos y arreglan el mundo a su manera. Creo que es «Te invito a cenar».
— Pero no lo entiendo, si este hombre no es periodista ni nada.
— Bueno, él se justifica diciendo que se ocupa solo de la faceta humana de sus invitados. ¿«Cena conmigo»?
— A mí me dio un poco de pelusilla todo. Y eso de «la faceta humana» es muy engañoso, que de visita todos somos buenos.
— Me encanta esa expresión tuya.
— Y si a Hitler le hubieran hecho una entrevista para preguntarle por sus cuadros o por sus mascotas, nadie habría sospechado que era un dictador genocida.
— Quizá ese sea el objetivo. ¿«Esta noche, en mi casa»?
— Mmm... independientemente de lo que pretenda el programa, no me convenció. Yo es que a este señor…
— Señoro, señoro.
— Es igual, que lo tengo demasiado presente de cuando era joven y actuaba en los programas de variedades de la televisión pública, cantando sus baladas y sus rancheras.
— Pero como cantante tampoco debió tener mucha fama ¿no?. ¿Será posible que no pueda acordarme del nombre del maldito programa?
— Era más famoso por su vida privada que por sus canciones y, por lo visto, en Latinoamérica tenía bastante acogida. Además era alto y guapetón y sacaba mucho partido al tono canalla de sus letras… ¿Cómo decía esa tan famosa? ¿«Buenas noches, señora»? 
Ada empezó a reírse a carcajada limpia al otro lado del teléfono. Ella es así de explosiva, para lo bueno y para lo malo. 
—¿De qué te ríes, hija?
—Ya sé cómo debería llamarse el programa: «Buenas noches, señoro» 
El próximo día que venga por casa tengo que pedirle que me explique eso de señoro

A cuidarse.

domingo, 24 de febrero de 2019

Mátame camión


Como expresión me resultaba la mar de curiosa cuando tropezaba con ella en las redes sociales, incluso cuando Ada la utilizaba en alguno de sus mensajes. Yo suponía que se trataba de un sarcasmo aunque no soy muy buena para los sarcasmos y tengo que reconocer que, por muy graciosa que me resultara, en realidad no acababa de pillarle el sentido. 

Sin embargo, ayer mismo volvía del mercado pensando en mis cosas, abro la verja del jardín tirando (cada vez más) trabajosamente del carrito de la compra, llego hasta la puerta de casa y, cuando la abro, ahí estaba él otra vez, sentado en mi sillón: 
—¡Carmina! 
Mátame camión. 

—Para que veas que no me había olvidado de ti. Ya he empezado a traer mis cosas —dijo señalando la pared del fondo de la cocina en la que de pronto había aflorado una cabeza disecada de elefante.
—¿Qué…? ¿qué es eso?
—Una prueba de que voy en serio, Carmina —enunció con su particular voz gangosa mientras permanecía cómodamente repantingado y envuelto en mi manta para el sofá—. En adelante esta va a ser mi única casa y tú, mi única mujer.

En ese momento me percaté de que la tele estaba encendida a todo volumen con el programa de Ana Rosa. 
—¡Menuda hembra! —dijo él entonces—, si yo tuviera un par de años menos… 
—Si tuvieras un par de años menos, tendrías setenta y nueve —le espeté yo entonces, sorprendida ante el hecho de disponer de un dato tan inútil—. ¿Dónde está Raspa? 
—No seas celosilla, mujer… 
Me imaginé al pobre bicho en manos de un taxidermista sádico y casposo, dispuesto a atornillarlo sobre una peana de roble barnizado para exponerlo sobre la mesita de la entrada. Me estaba clavando el mango del carrito de la compra en la palma de la mano de tanto coraje… 
—¡El gato! —anuncia uno de los tipos de negro apareciendo tras de mí con una jaula. 
Raspa estaba dentro con una escafandra en la cabeza y todo el cuerpo recubierto de papel film. Parecía un solomillo. 
—Ya te comenté que soy alérgico a los gatos —dijo él con todo su cuajo al contemplar la expresión de mi rostro. 
Y otra vez me desperté a punto de cometer monarquicidio. El subconsciente es sabio. Me di cuenta de que tenía la mano agarrotada sujeta al borde de la cama. Era un sueño, Carmina, ya pasó, ya pasó. Llamé a Raspa sin incorporarme siquiera. El gruñido de la puerta precedió al tipitap de las pisadas y, al momento, ¡miauuu!, ya lo tenía sobre la cama. 

Mientras le acariciaba el lomo empecé a barajar la idea de hablar con alguien del asunto. No podía considerarse un hecho aislado porque ya era la segunda vez. Es más, a lo mejor no era la única que estaba viviendo esta situación. Cerré los ojos un instante y me dije: 

«Hola, me llamo Carmina Petit y el rey emérito me acosa en sueños». 

Me reí tan fuerte que Raspa saltó de la cama con un bufido.

A cuidarse

lunes, 4 de febrero de 2019

Grandes momentos

Bryn no tiene tele porque es muy hippy pero su ordenador está siempre encendido a todo trapo con la música. El otro día fui a llevarle un poco de caldo y se empeñó en enseñarme unas piezas de arcilla con las que estaba muy implicado. En lugar de trabajar en el garaje, como hace siempre, se había instalado en el salón y no voy a decir cómo estaba todo de polvillo anaranjado. 

El ordenador también. 

Hubo un momento en que Bryn salió al jardín a buscar no sé qué y yo aproveché para pasarle un pañito a la pantalla, que daba pena verla, y entonces me percaté de aquellas imágenes y aquella música que me trasladaron casi cuarenta años atrás. No es fácil olvidarse de esa mujer pasando la aspiradora con semejante mostacho en la cara. Renée y yo solíamos sentarnos a ver el vídeo entero cada vez que lo daban por la tele. 
—¿Qué es lo que dice?
—Que quiere ser libre —me explicaba Renée entre risas. 
Pero no dejaba de ser un contrasentido porque tan pronto estaba pasando el aspirador y diciendo que quería ser libre como abría un armario y dentro había una multitud cantando. Y el mismo muchacho que antes estaba vestido de mujer aparecía con unas mallas de lycra con estampado de piel de vaca, bailando con otros con las mismas pintas como si fueran todos un grupo de ninfas y sátiros. 
—Lo buen mozo que es y las pintas que lleva —le decía entonces a Renée mientras me preguntaba qué era exactamente lo que me pasaba cada vez que veía aquel vídeo. Y es que aunque mi cerebro me inducía a apartar la vista de tanto disparate, mi cuello se negaba a obedecer. 
Estaba tan ensimismada con el vídeo que no me he dado cuenta de que Bryn ya había vuelto y que me observaba con curiosidad. 
—¿A ti también te gusta Queen, Carmina?
—Uy no, hijo. Este muchacho me desconcierta. 
Me di cuenta de que Bryn tenía ese brillito en los ojos de cuando, según él, acaba de tener una buena idea. 
—Espera, me dijo —mientras iba a por una silla. 
Me hizo sentarme frente a la pantalla y luego anduvo tecleando en el ordenador. 
—Ya —anunció mientras se acercaba un taburete y se sentaba a mi lado.
—¿Pero qué…? 
Él se llevó el dedo índice a los labios para pedirme silencio y me señaló la pantalla. Reconocí enseguida la música de «Barcelona», la canción que se compuso para celebrar los Juegos Olímpicos del 92. Observé a la maravillosa Caballé que perdimos hace tan poquito, con su voz prodigiosa y su presencia, siempre tan elegante. Y entonces miré al muchacho que cantaba con ella… ¡Ay! 

Vi el vídeo entero sin pestañear siquiera y cuando acabó, sentí que tenía un nudo en la garganta. Bryn me miró de reojo y sonrió. 
—Es imposible que a alguien no le guste Freddy Mercury, Carmina —me dijo.
—Eres un tunante —le respondí. 
Todavía me temblaba la voz. 

A cuidarse.

domingo, 6 de enero de 2019

Mala cabeza


Hacía tiempo que no escribía y es que han sido unos días complicados. Nada que ver con los preparativos navideños —llevo tantas Navidades a mis espaldas que lo tengo todo muy por la mano— si no a que sucedió algo que me creó más desconcierto del que hubiera podido imaginar. 

El domingo 23 por la mañana nada más entrar a la cocina me di cuenta: Raspa no andaba merodeándome las piernas para reclamar su desayuno. Entonces pensé en la noche anterior ¿lo había visto? Sí, tal vez por la tarde, pero como luego no me senté a ver ninguna serie, tampoco tuvimos nuestro momento sofá. 

El 24 Bryn preparó la cena en su casa y yo ya no pude más y le pregunté si había visto a Raspa por su jardín. «Llevo dos días sin saber de él». Bryn me escrutó con sus ojillos aguamarina y luego me explicó que los gatos que viven en entornos rurales suelen hacer eso cuando perciben que hay otro macho cerca y tienen que proteger su territorio o cuando hay alguna hembra en celo por los alrededores y, algunas veces, se van simplemente para explorar. Pero me aseguró que siempre volvían. 

El 25 y el 26 estuvieron aquí mis nietos y sus familias. Yo temía que en algún momento alguien preguntara por Raspa pero con todo el ajetreo de las comilonas y los regalos nadie reparó en su ausencia. Guardé en la nevera un poco de relleno de los canelones. A Raspa le vuelve loco. 

Pasaron las fiestas señaladas y después el 27, el 28, el 29, el 30… El 30 por la noche tiré el relleno de los canelones; afuera llovía con furia y corría un viento helado; no pude evitar pensar que seguramente no volvería a ver a mi Raspa y entonces se me saltaron las lágrimas. 

El 31 Bryn me preguntó si había noticias y cuando le dije que no, pude ver en su rostro lo que pensaba, sin embargo me dijo que los gatos eran imprevisibles y que no había que perder la esperanza. Pero esa noche mientras comíamos las uvas yo despedí el año y me despedí también de él. «Has sido un buen gato» dije para mis adentros con un nudo en la garganta. 

La mañana del 1 estaba yo de pie pelando patatas con la vista perdida a través de la ventana y entonces, no sé si escuché algo o simplemente lo presentí, pero me di la vuelta muy despacio y allí estaba: medio acurrucado como si las patas no pudieran sostenerle el cuerpo y con todo el pelo enmarañado y lleno de rastrojos. Emitió un solo maullido apagado, ronco, y permaneció allí quieto sin moverse. Lo cogí en brazos y lo besé aunque, a decir verdad, olía a rayos. 

Tuve que cortarle parte del pelo para sacarle todos aquellos cardos enredados y luego le di un lavado a fondo que él aceptó sin oponer resistencia. Se había quedado en los huesos. Pasé el resto del día observando si comía, si dormía, si hacía sus necesidades… era como si se hubiera quedado sin energías. Esa noche me lo puse sobre el regazo con una manta mientras veía una serie. De vez en cuando le acariciaba el lomo y notaba los trasquilones de pelo y, justo debajo, las costillas. Él debió adivinar mis pensamientos porque volvió hacia mí la cabeza muy despacio y emitió otro de esos maullidos desangelados como si tratara de darme alguna explicación. Yo lo miré un poco enfadada por todo lo que me había hecho pasar. 

«Por tu mala cabeza, Raspa, por tu mala cabeza» le dije. 


A cuidarse.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Pequeñas crisis cotidianas (II)

Me siento con Bryn y le digo que así no pueden seguir y le propongo lo siguiente: él dedicará las mañanas por entero a las niñas con alguna actividad que las distraiga y las obligue a quemar energía; al mediodía les cocinará algo saludable, se encargará de que se lo acaben todo y —puse mucho énfasis en este punto— les dará fruta de postre. Y cuando ya hayan comido me las manda a casa y yo me encargo de distraerlas un par de horitas y darles la merienda para que él disponga de un rato para sus cosas. 

Hablando claro, le leí la cartilla, pero valió la pena porque Bryn ya ha demostrado otras veces que aunque parezca que viene de saquear la costa de Normandía, es un hombre bastante razonable. 

Y la verdad es que el plan resultó un éxito: las niñas aparecían por casa después de comer, con el temperamento reblandecido por el cansancio y la digestión en proceso; la pequeña, que es más de llorar, ya entraba medio llorosa. Yo me las apachurraba a las dos en el sofá con una mantita, les ponía un episodio de Callou o de Peppa Pig o de cualquier otro de los que tengo en el disco duro para cuando viene Berta, y las peinaba muy despacio con un cepillo mientras ellas acariciaban a Raspa. Caían como moscas. Solían dormir cerca de una hora y yo, que con una a cada lado no podía moverme del sofá, aprovechaba para ponerme una serie de las mías, pero con el volumen bien bajito. 

Cuando las niñas se despertaban, preparábamos la merienda —algo nutritivo pero con poco azúcar, que no conviene echar gasolina— mientras escuchábamos un poco de música y así pasábamos la tarde hasta que su padre asomaba la cabeza. 

«Hi, sweeties… how are you?»

Tengo que reconocer que yo estaba henchida de satisfacción por cómo había reconducido aquel asunto e incluso me vi tentada varias veces de decirle a Bryn algo así como «¿Lo ves? A los niños hay que entenderlos, ponerse en su lugar… con paciencia todo se logra», en plan regodeo, vamos. Menos mal que no lo hice porque como decía padre, la vanidad es una cosa muy mala. 

Una de aquellas tardes, las niñas estaban devorando unas rebanadas de pan tostado con queso fresco con tal afición que no se dieron cuenta (o les importó un pimiento) que su padre acabara de entrar y las hubiera saludado. En vista de aquella muestra de indiferencia Bryn, que también tiene su corazoncito, se acercó a la más mayor e hizo ademán de arrebatarle la tostada que se estaba comiendo y entonces ella se volvió hacia él claramente contrariada mirándolo con los ojillos encendidos como dos brasas y en ese momento, para sorpresa de ambos, pronunció sus tres primeras palabras en castellano: 

«¡Plata o plomo!» 

Yo quería que me tragara la tierra. Miré a Bryn de reojo y deduje que no entendía nada de lo que la niña acababa de decir y yo, por supuesto, me hice la loca. Luego lo pensé con más calma y, siendo medio hippy como es, tiene sentido que el hombre nunca haya visto Narcos

A cuidarse.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Pequeñas crisis cotidianas (I)

Al final, Bryn se lio la manta a la cabeza y se trajo a las niñas desde Cardiff un par de semanas. Yo le dije que contara conmigo para lo que necesitara, que para eso estaban los vecinos (y los amigos). 

Las niñas eran muy graciosas, dos duendecillas de pelo casi blanco y ojos diminutos y chispeantes como los del padre. Y prácticamente idénticas, yo las distinguía por el tamaño: una de siete años y otra de cuatro. Sus nombres gaélicos a mí se me escapaban. 

Si yo estaba en casa, dejaba abierta la entrada al jardín para que entraran y salieran a su antojo. El sonido de sus pasos descalzos por todas partes, sus grititos, sus juegos, me transportaron a otra época, cuando Sauveur y a Ada eran pequeños. Incluso más atrás, con Juliette… Y si no era porque las oía llegar, era porque veía a Raspa salir huyendo por alguna ventana al oír los kitty, kitty! Y es que, como no podía ser de otra manera, todo lo que decían era en inglés. Yo es que me meto en cada lío… 

Y Bryn como padre está bastante verde, se nota a la legua que no está acostumbrado a pasar tiempo con sus hijas ni a tratar con niños en general. Y además, para qué nos vamos a engañar, que el hombre tiene los antepasados que tiene, ¿alguien ha visto Braveheart? Pues no hace falta que diga nada más. Pero si pongo la habilidad de Bryn como padre en entredicho no es porque las niñas pasaran el día descalzas en pleno mes de noviembre o porque sus enredos del pelo parecieran nidos caracoleros o porque no comieran más que sándwiches y patatas de bolsa. Al fin y al cabo, se las veía felices, sobre todo los tres primeros días que hicieron alguna actividad fuera de casa con su padre y quemaron energía. Pero el cuarto día después de comer la casa se convirtió en un polvorín; desde mi cocina llegaban las quejas y lloros de las pequeñas y los reproches del padre. Hasta Raspa se pegó a mis piernas con las orejas erguidas. Estuvieron así cerca de dos horas, no se entendía nada pero era algo así como que ellas le reclamaban y él quería estar tranquilo. Tranquilo. Qué gracioso. Yo no sabía qué hacer porque no dejan de ser cosas de familia, así que encendí mi radio un poco más alta de lo habitual y empecé a recoger la cocina. 

Llevaba ya un buen rato fregoteando cuando noto un tironcillo en mi delantal. Me doy la vuelta y ahí estaban la grande con la pequeña de la mano, mirándome como dos cachorritos. No sé cómo conseguí entenderme con ellas pero acabamos haciendo un bizcocho para merendar y pasamos la tarde la mar de a gusto. Cuando Bryn apareció por la puerta las dos niñas parecían otras: tranquilas y risueñas. 
—Gracias, Carmina —murmuró él—, necesitaba un respiro.
—Los padres no respiran —le dije yo guiñándole el ojo.
(Continuará)

domingo, 28 de octubre de 2018

Teorías notorias




Yo nací en la posguerra y a veces me da por pensar que la Guerra Civil se produjo porque una mitad de la población y la otra tenían ideas totalmente opuestas, y que si en lugar de dos mitades se hubiera tratado de un tercio y dos tercios, a lo mejor no viviríamos con el recuerdo de aquella barbarie porque nunca se habría producido. 

Luego me doy cuenta de que no hemos mejorado mucho (y eso que la historia está para aprender de los errores), ahí tienes a los de la derecha y a los de la izquierda sin ser capaces de ponerse de acuerdo, ¡por no hablar de los de la izquierda entre ellos!, ¡o la derecha misma que ahora está también dividida y en plena carrera hacia vaya usted a saber dónde! 

Y yo me pregunto ¿Por qué somos tan diametralmente opuestos en este país? No será por la educación, que en principio es la misma para todos. No es generacional porque gente de una ideología u otra hay en todas las franjas de edad. Tampoco se me ocurriría decir que es una cuestión genética ¿te imaginas? ¡el gen conservador, el gen republicano! Empiezas diciendo eso y acabas con tus vídeos dando tumbos por el YouTube de marras. 

Yo tengo una teoría; mis teorías suenan un poco esperpénticas pero tienen su razón de ser. Se me ocurrió comentársela a Ada cuando vino el otro día a verme: 
— Es una cuestión geográfica —le dije—: temperatura, mareas, diferencias de presión… todo eso nos afecta en el ánimo.
— ¿Quieres decir que donde hace frío son más así y donde hace calor son más asá? —dijo ella mientras masticaba un trozo de tarta de zanahoria—. Porque ese argumento es muy simplista.
— Lo que yo quiero decir es que como estamos rodeados por tantas variables que nos aturden de diversas maneras, estamos todos alterados y así no hay forma de ser moderado ni de hallar puntos de encuentro.
— ¡Esa es tu teoría! —exclamó ella.
— Te diré más —insistí—: las fronteras. No es lo mismo limitar con Portugal, que es el último país del continente, que limitar con Francia (que no deja de ser la puerta de Europa) o que tener todo el Mediterráneo por delante.
— Tienes que dejar el café.
— Fíjate que el otro día leí algo sobre la Región Mediterránea. Resulta que históricamente se consideraba que tenía una entidad propia; el Mediterráneo, lejos de considerarse una frontera, era un elemento de intercambio y enriquecimiento cultural y económico.
— Y debería serlo también ahora —murmuró Ada con acritud.
— Pues eso. Y ya no hablemos de la frontera sur y su compleja relación con el norte de África, que se tardó cuatrocientos años en lograr la Reconquista.
— Qué coño de reconquista, Carmina… —espetó Ada— ¡si llevaban viviendo aquí cuatrocientos años digo yo que también era su casa! 
¡Miauuu!
Raspa, que llevaba todo el tiempo tumbado junto a mis pies, se había levantado y miraba a Ada fijamente.
— ¿Qué? —le dijo ella— ¿no estás conforme?
¡Miauuu!
—Mejor cállate que a ti te encontré en la calle
Raspa volvió a enroscarse sobre mis pies sin replicar. Hoy hemos descubierto que es cristiano.

A cuidarse.

lunes, 8 de octubre de 2018

Reina por un día


Resulta que yo estaba en mi cocina haciendo mermelada cuando oigo el ruido de unos motores junto a la verja. Me asomo a la ventana del jardín y veo que se detienen tres coches negros idénticos, de esos que tienen los vidrios tintados. Empiezan a salir tipos con gafas oscuras, hechuras de armario ropero y pinganillos en la oreja, y cuando ya están colocados formando un pasillo, entonces sale él. Supe que era él porque quieras que no, y aunque sea solo de verlo en la tele, la vista también tiene cierta intuición. 

Le invité a pasar y le ofrecí café, que una puede tener sus ideas pero eso no quita que me guste ser hospitalaria, y él hizo un gesto a su tropa para que aguardaran fuera, incluso uno que parecía su secretario tuvo que recular mientras murmuraba entre dientes.
Se sentó en mi butaca (qué buen ojo tiene el señorón) por lo que yo tuve que acomodarme en un extremo del sofá. Aproveché para observarlo de cerca, no todos los días se presenta una oportunidad así, estaba muy consumido y ajado, se nota que en televisión hacen maravillas con el maquillaje y las luces. Entonces él me miró fijamente y habló: 
—Carmina —me dijo—, eres una buena mujer y tienes una casa muy acogedora. 
Yo iba a darle las gracias y a preguntarle cómo sabía todo eso si no nos conocíamos personalmente, pero él seguía hablando:
—Hace tiempo que estás bajo vigilancia y tras una larga búsqueda, me llena de orgullo y satisfacción anunciarte que eres exactamente lo que estaba buscando.
—¿Me han estado vigilando? ¿Eso se puede hacer?
—Habrás notado, en los medios de comunicación, lo mucho que se ha degradado mi imagen pública en los últimos años pero estoy decidido a restaurarla, quiero ser recordado como el hombre afable y campechano al que todos querían.
—Si me lo permite, está usted en el Ampurdà, no en Lourdes.
—Quiero acabar mis días junto a una mujer sencilla y humilde que me cuide con cariño. No va a faltarte de nada, Carmina —dijo sujetando una de mis manos entre las suyas— pero sí vas a tener que transigir en algo: no podemos casarnos.
—Ah —balbuceé yo.
—Sé que es decepcionante pero, según mis asesores, el pueblo me perdonará que viva apartado de mi esposa pero no que la relegue a un segundo plano institucional, ella es muy querida. Qué pelo tan bonito tienes —espetó entonces antes de añadir—: me gustan las pelirrojas. 
Yo lancé una mirada de soslayo sobre mis hombros y cuál fue mi sorpresa al ver mi melena rojiza cayendo en cascada sobre mi pecho, nada que ver con las hebras grisáceas que llevaba peinando los últimos cuarenta años. Aquello era muy raro. Y justo en ese momento Raspa entró en la sala y empezó a olfatear la decrépita figura aposentada en el sillón. 
—El gato se tiene que ir —dijo él con desgana—. Soy alérgico. 
En ese preciso instante sentí la rabia (una emoción que tenía bastante olvidada) trepándome por el esófago y amenazando con zafarse de entre mis dientes en forma de: «¡Hasta aquí podíamos llegar!». Y entonces, afortunadamente, me desperté. 

A cuidarse.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Una historia que contar

Cuando yo era muy muy pequeña, si un niño quedaba huérfano, se lo llevaban unos parientes o se quedaba a vivir con los vecinos. Ese niño, pese a su desgracia, siempre tendría una gran historia en su haber: que cuando se enfrentaba a la terrible tragedia de quedarse solo en el mundo, alguien había decidido cuidarlo. No nos sucedía lo mismo a los niños y niñas que sí teníamos padres —o padre, en mi caso—, ya que nuestra historia era la misma para todos nosotros porque a todos nosotros, y sin excepción, nos había traído la cigüeña. 

Nunca me gustó demasiado formar parte de ese segundo grupo —mayoritario e insustancial— de niños con cigüeña y sin nada interesante que poder explicar, y ya estaba a punto de darme por vencida cuando descubrí que en mi propio pueblo, entre los críos de la escuela, había un tercer grupo que, sin duda, era el de los más privilegiados: niños con padres y también con una historia. 

Eran cinco hermanos entre los tres y los diez años y cada uno de ellos sabía exactamente de dónde venía: Carmeta, la mayor, viajaba con unos feriantes gitanos que la desatendían y que planeaban venderla. Josep, el segundo, había sido abandonado en el bosque a expensas de los lobos. Alfons, el tercero, bajaba peligrosamente por el río metido en una cesta diminuta —sí, sí, como Moisés—. Mariona, la cuarta, apenas caminaba y ya trabajaba encerrada en un molino. Y el más pequeño, Roc, colgaba peligrosamente de la rama de un árbol altísimo justo en el momento en que su salvador pasaba por allí cerca. Su padre los mantenía embelesados mientras les explicaba todas esas historias en las que él al final lograba salvarlos tras pasar no pocos aprietos. Y con esas historias les amenizaba las tardes de lluvia, al calor de la humilde chimenea; les hacía reír, les hacía llorar y, sobretodo, les recordaba lo queridos que eran. 

Quizá fuera eso lo que urdió en mí unos celos terribles hacia aquellos cinco hermanos con la cara llena de mocos. Yo también quería una historia como la suya para sentir que importaba y si mi madre hubiera vivido me la habría dado; pero mi padre no, él era un hombre demasiado racional y de haberle insistido me habría acabado explicando la verdad. Por suerte no insistí y todavía pasaron varios años antes de saber cómo llegaban los niños realmente a este mundo. Teniendo en cuenta mis expectativas fue terriblemente decepcionante. 

A cuidarse.

viernes, 18 de mayo de 2018

Pequeños grandes placeres



Sauveur, Annabel y la niña iban a visitarme el sábado por la tarde pero antes de que llegaran llamó Ada: estoy en el coche con los perros ¿me invitas a un café?; y cinco minutos más tarde, mientras sacaba la tarta de manzana del horno, llega Bryn emocionado con un tarro de nata fresca de no sé qué granja de los alrededores. 


Así que ese sábado los tuve juntos en mi mesa, a excepción de Berta que estaba demasiado excitada con los perros e insistió en que sus padres le dejaran quedarse en el jardín. 

Puse la nata en un bol, la tarta en platitos y serví café a todo el mundo, y mientras el chorrito oscuro y humeante golpeaba mi taza, sentí su aroma. Debí poner cara de gusto porque Ada me dijo: 
—Tú no te cortes ¿eh? Que la hipertensión en realidad no existe. 
—Un día es un día —dije yo llenando la taza hasta arriba—. No me toquéis el café que es uno de mis pequeños grandes placeres y el mejor invento de la humanidad —Sauveur me miraba condescendiente— El café, las novelas y fregar con Fairy —concluí yo y todos rieron menos él que negaba con la cabeza— ¿Ah, no? Pues dime tú. 
—Los mejores inventos de la humanidad son: la empatía —Ada hizo un amago de abucheo ahuecando las manos—, el cine —hubo cierto murmullo que tendía a la aprobación— y, por supuesto, los navegadores para el coche —Annabel esbozó una leve mueca—. La de discusiones que nos han ahorrado, mi amor —susurró él con cariño— Ada —anunció mirando a su hermana—: te toca. 
—El jamón de bellota, el sexo y las tandas numeradas en las tiendas. En ese orden —espetó ella del tirón. Annabel lanzó una mirada furtiva hacia la ventana para asegurarse que Berta no les estuviera escuchando mientras los demás reíamos por lo bajo— Venga, venga, no seáis hipocritillas… —canturreaba Ada. 
—¿Y los perros? —dijo Sauveur. 
 —Los perros son algo intrínseco a mi persona, como tener pelo en la cabeza. Bryn, te toca. 
—Cerveza, sol y playa —dijo también de corrido mientras nos miraba con sus ojillos juguetones de color aguamarina— ¿Qué esperabais? —Exclamó ante nuestra falta de reacción— ¡Soy un guiri! 
Todos reímos. 
—Falta Annabel —dije yo entonces. 
—No sé, podrían ser tantas cosas… 
—Venga, mójate —insistió Ada. 
—Pues supongo que la familia, el yoga y —titubeó como si fuera a decir algo vergonzoso— ¿el chocolate? 
 Berta entró de pronto buscando algo y al percibir nuestro silencio, alzó la vista y nos miró. 
—Jugamos a decir las tres cosas que más nos gustan —le dijo su padre—, te toca. 
—El chocolate —respondió ella sin pensar mientras se agachaba para mirar bajo la mesa. Estaba buscando a Raspa. 
—No vale, el chocolate ya está dicho. 
—En realidad a mí solo me gusta el negro —aclaró Annabel. 
—El chocolate blanco y el chocolate marrón —dijo la niña mientras buscaba tras el sofá.  
—Te falta uno… no puede ser todo chocolate —insistió Sauveur a pesar de la patente falta de interés de la niña—. Vamos, Berta, que ya tienes cinco años, piensa un poco… La niña se volvió hacia él y dijo entre hastiada y desafiante: 
—Lo que más me gusta es hacer pis en la bañera. 
Ada, Bryn y yo proferimos una gran carcajada, fue inevitable y más con la cara que se les había quedado a los padres mientras Berta seguía buscando al gato. Ada, sobretodo, parecía que fuera a partirse por la mitad y cuando vio que yo la estaba mirando me correspondió con una sonrisa cómplice: Me encanta esta niña. 

A cuidarse.

sábado, 28 de abril de 2018

«Cosas» de mujeres


Supongo que me habrás oído hablar por teléfono con Ada. Yo ya sé que ella no acepta que se le diga según qué pero ¿qué iba a hacer si no? Y entiendo que me pongas cara de «cómo se te ocurre» pero ¿me entiendes tú a mí? ¡Concho, que es mi nieta! Y todo esto que está pasando me asusta. Que ya paso de los treinta, Carmina, me ha dicho, ¡que ya no soy ninguna perita en dulce! Y se reía la muy… 

Nunca me ha preocupado que estén lejos, ellos tienen que hacer su vida y punto; más bien son ellos los que se inquietaban por mi salud y mi autonomía. Pero ahora viviría más tranquila si pudiera estar allí. Si fuera por mí, cogería un tren ahora mismo y me plantaría en su casa. 

No, no, no. Ya sé que no es una chiquilla, ya sé que no le gusta demasiado sociabilizar con desconocidos, que no le va a pasar eso mismo que a la pobre criatura de los San Fermines; pero después de que los jueces —tres jueces, uno de ellos mujer— dijeran lo que han dicho, es como si nosotras valiéramos menos, como si lo que a nosotras nos pueda suceder en manos de un hombre fuera algo secundario, como si fuera casi natural, ¿a ti no te lo parece? Y vete a saber si eso no animará a otros descerebrados que hasta este momento se habían contenido por miedo a pudrirse en la cárcel. ¿En qué estarán pensando algunos hombres, digo yo? 

Padre, con todo lo serio que era, cuando le hablaba de rumores que corrían por el pueblo siempre acababa sentenciando: «A todos los tontos les da por lo mismo». Yo me lo tomaba como un exceso de soberbia por su parte; padre, aunque se cuidara mucho de que se le notara, en el fondo miraba al resto por encima del hombro, convencido de que eran víctimas de su propia ignorancia pero si lo pienso bien, algo de razón tenía. ¿Acaso no está en la cabeza de cada uno evitar que se cometa ese tipo de vilezas? 

Ada, cariño, le he dicho, ten mucho cuidado. No, escúchame, anda, que ese barrio tuyo por la noche es muy solitario, no salgas sin los perros. ¿Los perros? Ha dicho ella otra vez a punto de reír, ¡estos solo muerden si les tocas la comida! ¡Voy apañada si dependo de ellos!. Yo ya la he dejado por imposible porque veía que cuanto más le dijera, menos en serio se iba a tomar el tema; me he quedado callada y entonces, al cabo de unos segundos ha sido ella la que ha hablado: 

«Carmina» ha susurrado «el desgraciado al que se le ocurra ponerme una mano encima, primero tendrá que matarme». 

Y por eso no tengo ganas de cenar. Acábate el pienso y vete a tu capazo que hoy no hay tele. 


(Un fuerte abrazo para TODAS)

domingo, 8 de abril de 2018

Brunch


Bryn ha estado en Cardiff unos días visitando a sus niñas. Cuando pasó por casa al volver del aeropuerto estaba más pálido de lo normal y tenía una expresión triste. No me gusta verlo así.
— Tendrías que salir por ahí de vez en cuando para animarte.
— Ya sé, ya sé…
— Y así conoces alguna chica.
— Carmina… 
Se fue para su casa y pasó tres días sin dar señales de vida. Yo estaba tranquila porque desde mi jardín oigo todos sus trajines: la radial, el soplete, los martillazos... Me lo imaginaba lleno de polvo y con virutas por todo el pelo, enfrascado en alguna de sus esculturas; cuando está bajo de ánimo se refugia en sus fases creativas y ni come ni duerme. Pero al cuarto día vi aquellas botellas de whisky vacías junto al contenedor del vidrio y no me gustó nada. Le estuve dando vueltas; no quería llamarle por teléfono o escribirle, me parecía demasiado intrusivo y Bryn es muy sensible. Al final me decidí a escribirle una notita y pasársela bajo la puerta: 

Vente a comer mañana. Haré algo rico y calentito. 

Carmina 

Prometo no hablarte más de mujeres. 

Esa misma tarde me pareció escuchar su bicicleta en dirección al pueblo. No acerté a verlo por más que corrí hacia la ventana. Y entonces vi a Raspa jugueteando con algo que había por el suelo. Parecía una nota de papel. Cuando por fin pude arrebatársela, estaba toda arrugada: 

Ven tú sobre las 12. No traigas nada. Yo cocino. 

Bryn

Me recibió con el pelo recogido en uno de sus moñitos con un bastoncillo clavado. Estaba aún más flaco que cuatro días atrás, pero sonreía. «¡Vualá!», exclamó al mostrarme la mesa llena de platitos y bandejas: huevos revueltos, verduras a la plancha, un surtido de quesos, tostadas, mantequilla, tres tipos de mermelada, tortitas, champiñones salteados, alubias, puré de patata, salchichas, beicon, salsa de chocolate, café… Me dijo que era un brunch, pero la palabra que a mi entender mejor describía semejante despiporre de comida no era otra que barbaridad. Aunque el muchacho se había tomado tantas molestias que le di las gracias mientras trataba de recordar si tenía de sal de frutas en casa. 
— Con las niñas hemos tomado brunch todos los días —empezó a decir mientras me servía una taza bien generosa de café. Él es el único que no me sermonea con el café. Luego murmuró sin levantar la vista— Las echo de menos. —Le sujeté la mano sin decirle nada. Sentí que ese simple gesto le reconfortaba.
— Con lo buen mozo que eres, seguro que podrías encontrar a una buena chica ¡Ay, perdona! —exclamé de pronto—. Te dije que no me iba a meter en tus cosas. —Tendí la mano para que me pasara el tarro de la miel. Era oscura y muy espesa—. Una chica o un chico, ¿eh? —dejé ir mientras hundía la cuchara y me embargaba el olor a miel de romero—. Que yo no tengo prejuicios.
— Carmina, me lo has prometido. 
Me serví una ración de alubias con salsa. De verdad que calladita estoy más guapa. 


A cuidarse.

domingo, 25 de marzo de 2018

La cocina: ese deporte de riesgo


A mi nieto Sauveur le encanta tener gente a comer o a cenar y es un anfitrión de lujo. Lee muchísimo sobre cocina y a veces, me pide alguna de mis recetas; yo encantada de dárselas, lo que pasa es que me pone nerviosa porque es bastante pejigueroEl otro día me escribió preguntando por la receta de mi coca de yogur que no deja de ser un bizcocho muy facilito que sirve de base para cualquier tarta casera. Escríbemela, me dijo —él sabe que yo cocino de memoria—, le haces una foto con tu móvil y me la mandas. Mira, hijo, le dije, si tengo que hacer todo eso prefiero coger el tren, ir hasta tu casa y hacerte el bizcocho yo misma. Llámame esta noche y te la canto de viva voz.

Eran las nueve o así y estaba en el sofá viendo Big Little Lies con Raspa en el regazo; la serie empieza con un cadáver que no se sabe de quién es y estamos los dos la mar de enganchados. Entonces sonó el teléfono. Puse el reproductor en pause. Venga, me dije, serán dos minutitos.
—Un yogur natural. —Al tratarse de una coca de yogur me pareció que lo más adecuado era empezar por el yogur.
—¿Azucarado o sin azucarar? —Ya empezábamos.
—Sin azucarar.
—¿Alguna marca de yogur en concreto? —dijo. En vista de mi silencio añadió—, es que unos son más ácidos que otros, la textura también cambia...
—Yogur marca blanca, sin azucarar y sin zarandajas —me pareció que titubeaba—. El más barato, Sauveur —añadí para zanjar la cuestión—. El resto de ingredientes —reanudé—: tres huevos.
—¿De qué tamaño?
—Tamaño huevo —Raspa dio un respingo. Se conoce que le estaba apretando el lomo.
—¿Pequeño, mediano, grande…?
—Huevo normal, hijo. Mediano —claudiqué al fin.
—Tres huevos medianos —murmuró él al ritmo en que iba anotando.
—Entonces, Sauveur, te digo el resto de ingredientes que se miden con el recipiente del yogur: la harina —y antes de que preguntara— Ni de repostería ni de fuerza ni nada, harina blanca de trigo de toda la vida. —Ahí lo pillé desprevenido y no se atrevió a replicar—. El azúcar: blanco, refinado, sin refinar, moreno o glass. Lo que prefieras
—Sin refinar. Aquí en casa, sin refinar.
—Aceite —proseguí implacable—, de girasol.
—Pero…
—De girasol, hijo, que el de oliva le da un gusto muy fuerte.
—Ya te pasaré un artículo que leí sobre el aceite de girasol.
Estuvimos cerca de diez minutos para acabar con el bendito listado de ingredientes y luego llegaron las disquisiciones sobre el orden en que había que mezclarlos, la discusión sobre tipo de recipiente y el engrasado del mismo, la temperatura del horno y el tiempo de cocción. Tras colgar me quedé unos segundos en silencio, mirando la pantalla del televisor con el rostro de muñeca de Nicole Kidman congelado en medio de una discusión con el mocetón que hace de su marido en la serie. Recuérdame que otro día le envíe la foto de la receta, le dije a Raspa. Él se volvió y me miró: Tú es que no aprendes


A cuidarse.

domingo, 18 de marzo de 2018

Malditas palabras



El 8 de marzo se celebraba el Día de la Mujer y por todas partes se armó un belén que ni te cuento. A mí me pilló en la cama con un constipado de los gordos pero por televisión pude ver la cantidad de mujeres en todo el país que salían a la calle. Si no hubiera sido por los analgésicos, los sentimientos contradictorios me habrían vuelto más loca de lo que estoy.

Ada vino a verme ese mismo fin de semana y como yo sabía que me echaría la bronca por no decirles que había estado enferma le preparé su tarta favorita, la de zanahoria. No me vengas con zalamerías, fue lo que me dijo al verla. También sabía que diría eso; como si la hubiera parido. Dejó a los chuchos fuera, atados en el patio de entrada, para regocijo de Raspa que los observaba desde el alfeizar de la ventana con su gatuna condescendencia. 

—Nena, tú no serás feminista… —le dije a Ada mientras le servía un trozo de tarta y una taza de café. 
—Me tomas el pelo —respondió ella mirándome fijamente. 
—Qué alivio, hija —murmuré. 
—¡No me tomas el pelo! —exclamó ella entonces—. Claro que soy feminista. ¿Tú no? 
Ya me extrañaba a mí, mi Ada tiene un temperamento muy afín a todo lo beligerante. Siempre pienso que si no fuera tan inteligente y tan pragmática ya se habría metido en algún lío. 
—Yo estoy feliz de que las mujeres luchemos por la igualdad de derechos —enuncié con mucho tiento—. Solo que eso del feminismo no me suena bien, no me gusta… 
—Pero ¿qué te crees que es el feminismo? 
—Será lo mismo que el machismo pero en la versión para mujeres. 
—Te equivocas. No tiene nada que ver. 
Machismo, feminismo. Palabras homólogas, digo yo. 
—Déjate de tecnicismos, Carmina. Te voy a buscar en el móvil ahora mismo las definiciones de la RAE, para que veas.
—Déjalo, hija, si ya sabes que yo no me meto en tus cosas. Solo era curiosidad. 
—Escucha —sentenció ella. Me di cuenta de que no iba a dejarlo estar tan fácilmente—, machismo: actitud de prepotencia de los hombres hacia las mujeres. 
—¿Ves tú? 
Ada levantó la palma de la mano para pedirme silencio. 
Feminismo —continuó leyendo—: principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre. 
Si no lo dijera la RAE no lo hubiera creído. ¡Qué coraje! Ada me miraba con esa velada expresión burlona que tan bien le sale, riéndose solo con los ojos. 
—La palabra no ayuda nada —me excusé. 
—Bueno, pero ahora ya lo sabes —concluyó ella retomando su café—. Eres feminista. 
—¡A mis años! 
—¡Pero si lo habéis sido siempre, la abuela Renée y tú! 
—Soy feminista —dije en voz alta para ver qué tal sonaba—, no sé si será bueno para mi tensión. 
—Lo que no es bueno para tu tensión es ese café que te estás tomando. 
Yo resoplé con hastío. No se cómo se lo montan pero al final siempre sale el tema del café. 


A cuidarse.

martes, 19 de diciembre de 2017

Costura temeraria

Padre era pelirrojo y también rojo. Lo primero era una evidencia ante ese abultado mostacho cobrizo que lucía con tanto orgullo, lo segundo nadie lo sospechaba siquiera. Tenía un posado severo e imperturbable tras el que maduraba sus ideas revolucionarias, pero cuando las exponía lo hacía con tanta desafectación que a nadie se le ocurría que fueran revolucionarias; solo extravagantes. Así que cuando padre murió y me decidí a poner orden en su despacho y encontré aquellos rollos de lona impresa con los colores republicanos, solo me sorprendí un poco. Nunca sabré cuánto tiempo llevaban ahí a la espera de ser recogidos por quien fuera, pero era el año 64 y no era el momento adecuado para dejar todo aquello por ahí tirado para que cualquiera lo encontrara. Así que los cincuenta metros de bandera regresaron a la clandestinidad.

Pero esa no fue la única situación curiosa tras la muerte de padre; ya llevaba meses enterrado cuando me mandó llamar el cura: que en la partida de nacimiento ponía Ramón Amadeo Petit y en su documento nacional de identidad aparecía solo como Ramón Petit y que su registro tenía que coincidir con los datos funerarios y qué íbamos a hacer con ese Amadeo de más... Yo era joven y apreciaba a la gente por defecto, es decir, que si no había ningún motivo claro por el cual despreciar a alguien, directamente lo apreciaba, y él era el cura recién llegado de Girona: nuevo, joven, con pelo y plenamente convencido de la fascinación que ejercía sobre la gente sencilla del pueblo, y sobre todo en las mujeres. Yo tenía veinticuatro años y una absoluta indolencia frente a sus benditos encantos —solo que aún no lo sabía— y me limité a escuchar su perorata administrativa mientras observaba su pelo, a mi parecer, excesivamente negro para una tez tan pálida. 
—Pero no se preocupe, Carmina —concluyó a modo de cierre—, nada de esto tiene que ser un problema.
—Pues mejor así.
—Problemas son los que el Señor nos saca al paso para ponernos a prueba. Y es nuestro deber de buenos cristianos responder y, sobretodo —recalcó—, responder a la altura, ¿no le parece, Carmina? 
—Sí, claro. 
—No vaya usted a creer que los pueblos pequeños dan problemas pequeños. El Señor debe estar muy interesado en probarme. 
—No me diga. 
—No sé qué vamos a hacer con los tapices de las Hermanas... 
—¿Qué tapices? 
Resulta que en algún lugar de la iglesia habían permanecido ocultos una docena de tapices bordados a mano por no sé qué monjitas. Y ahora el Obispado los reclamaba para ser devueltos a la catedral de Gerona… y debían estar hechos unos auténticos zorros —aunque él no lo dijera con esas palabras— porque necesitaban un refuerzo para volver a colgarse sin que la tela bordada se resintiera. 

Alimaña de cura. 
—¿Reforzarlos por dentro? ¿Con algo parecido a una lona gruesa y fuerte? —le dije yo.
—Algo así, imagino. Yo no sé de costura, Carmina. Usted es la entendida. 
Y Amadeo dejó de ser un problema cuando la bandera republicana entró en la catedral. 


A cuidarse.

sábado, 9 de diciembre de 2017

La culpa es de internet

A mi nadie puede decirme que no me tomo en serio lo de comprar el pescado. 

Nadie.

En esta casa se come pescado todos los martes y jueves desde que puedo recordar. Siempre me he encargado personalmente de ir al mercado para, ya fueran unas simples sardinas o unos buenos lenguados, asegurarme de que fuera todo bien fresco. Y si no recuerdo mal, habré faltado a mi cometido solo por motivos de salud propios o ajenos.

Pero hoy estaba esperando mi turno en el puesto de siempre y alguien hablaba sobre todas estas noticias que nos están cayendo como fuego abierto: mujeres asesinadas, mujeres violadas, mujeres acosadas… y al parecer, no solo aquí, está sucediendo por todas partes; un carrusel de noticias desmoralizadoras para cualquiera con un mínimo de humanidad.

Entonces va una y dice: «La culpa de todo la tienen las drogas». Las drogas. Estuve a punto de replicar pero es que no tenía ganas de tangana, yo solo quería comprar un congrio precioso al que había echado el ojo nada más entrar y venirme corriendo para casa con él. Pero la tangana se ha armado igual porque alguien ha empezado con que si los chavales hacían tonterías por culpa de las malas compañías. Y yo mirando mi congrio. Entonces salta una que estaba a mi lado con que algunas mujeres son promiscuas y hacen que sus parejas pierdan los nervios. Mi congrio, mi congrio. Otro, desde atrás, que si la droga la traen los inmigrantes. Las drogas otra vez, como si las drogas fueran persiguiendo a la gente para metérsele en el cerebro. Si yo ahora cogía ese congrio de casi un quilo y aporreaba con él a cualquiera de aquellas mentes pensantes, ¿la culpa sería del congrio?. «Claro que la culpa es de las drogas. Antes no pasaban estas cosas» escucho por ahí. Alguien replica que esas cosas han pasado siempre pero que ahora nos parece que suceda más por toda la información que nos llega a través de internet. Y la culpa de nuestra miseria humana, de nuestra absoluta falta de respeto por nuestros semejantes en cosa de un minuto ya había escapado de nuestras manos para responsabilizar a las drogas, a las malas compañías, a los inmigrantes, a las mujeres promiscuas y ya empezaba a ser posible que a alguien se le ocurriera que la culpa finalmente la tuviera internet. «La culpa de todo la tiene internet», ha dicho entonces una de las pescaderas.

No me mires así, Raspa. Me da igual que sea martes. Yo ya no tengo edad para escuchar según qué tontadas; el médico me tiene frita con la tensión y está empeñado en que no tome más café pero son este tipo de cosas las que a mí me quitan la salud. Así que deja de hacerte el exquisito porque tengo dos malas noticias para tí: la primera es que si no te comes ese pienso no hay nada más y la segunda es que no pienso compartir mi tortilla contigo. 


A cuidarse.

PD: a ver si empezamos todos a buscar menos excusas y más soluciones.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Abuela con gato



Estaba doblando ropa sobre la cama de invitados cuando una pila de calcetines volcó y se escurrió entre la pared y la cama. Me daba tanta pereza meterme por el hueco y agacharme para recogerlos que no se me ocurrió otra cosa que tumbarme sobre el borde lateral de la cama y estirar el brazo para buscarlos a tientas, con tan mala suerte que el peso me venció, me caí y me quedé allí atrapada, entre la pared y la estructura de hierro de la maldita cama antidiluviana. 

Pasé los primeros minutos en silencio, estupefacta. Me visualizaba a mí misma empotrada boca arriba con los brazos pegados al cuerpo, sin la menor capacidad de maniobra. Había visto en internet imágenes menos ridículas. Alargué con dificultad el brazo hasta palpar el bolsillo de mi bata: nada. Normalmente llevo ahí el móvil pero estaba claro que ese no era un día normal. Gritar era mi única opción, aunque mi casa está a diez metros del vecino más próximo. Entonces recordé que había varias ventanas abiertas puesto que antes de la caída había estado ventilando. Tocaba gritar. Estaba tomando aire cuando algo rozó mi zapatilla. Levanté la cabeza: Raspa me olisqueaba el pie. «¡Ay, Raspa!» exclamé desesperada. Él se dio la vuelta y se largó. Maldito bicho. Y acababa de descubrir que atrincherada allí dentro y con las costillas oprimidas, cualquier grito de socorro quedaba prácticamente amortiguado. Sería como una de esas abuelas a las que encuentran muertas en casa y con el gato rondando su cadáver. Peor aún, porque Raspa no iba a rondarme siquiera, a lo mejor incluso aprovechaba mi situación para colgarse de las cortinas. ¡Con todo lo que he pasado en esta vida y tener que acabar de una forma tan estúpida! Por tu mala cabeza, por tu mala cabeza… (me invadía una suave melodía de bolero). 
—¡Carmina!
El rostro de Bryn, con sus ojillos azules y la melena rubia y rizada cayéndole sobre los hombros irrumpió en mi campo visual. Nunca había estado tan cerca de creer que estaba viendo al mismísimo Jesucristo.
—Estás bien?
Apartó la cama con un solo gesto furioso y, antes de que yo misma pudiera reaccionar, me agarró por las muñecas y me sentó como si mis ochenta quilos fueran de mentirijilla. Y cuando finalmente logré incorporarme con su ayuda fue cuando noté el dolor en el tobillo.

Total, que me ha llevado hasta el sofá, me ha puesto un ungüento y unas vendas compresivas que ha traído de su casa y me ha obligado a tomarme un tazón de caldo caliente. Pero primero me ha sermoneado: «Carmina, Carmina… si no llega a ser por Raspa... ¡nunca te separes del móvil!»

Y así he pasado el resto del día: tumbada en el sofá con una revista y con Raspa enroscado a mis pies. Definitivamente, me he convertido en una abuela con gato.


A cuidarse.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Cerrar por dentro



El otro día me enteré de que habían abierto la tumba de Salvador Dalí para hacer una prueba de ADN con sus restos y comprobar si una mujer era su hija (y heredera) tal como aseguraba. Y se me puso mal cuerpo. Ya comprendo que los restos de un difunto no tienen dueño porque el dueño está difunto, pero ¿eso da derecho a manosear sus huesos desgastados como si fueran las fichas de dominó de un centro geriátrico?. Se le quitan a una las ganas de que la entierren.
—¿Y entonces qué? ¿a la hoguera? —me dijo Ada. Con ella puedo hablar de estas cosas.

—No me hace mucha gracia —dije yo.

—Te ponemos en una urna bien «cuqui» y Sauveur y yo ya nos iremos turnando para tenerte en algún estante del comedor.

—No lo veo, hija. Ya sabes que no quiero ser una molestia.

—También podemos echar tus cenizas al mar. Seguramente acabes pegada a la espalda de algún turista alemán.

—Nunca he estado en Alemania.

—Algunas ciudades son realmente bonitas pero hace un tiempo horrible y tienen una dieta muy poco equilibrada. Nada de verduras.

—Entonces, no —dije lanzándole una sonrisa cómplice. Cómo me conoce—. A lo mejor podría donar mis órganos —solté de pronto. Ambas nos unimos en una ruidosa carcajada— ¿Te imaginas?

—¡No!

—¡Si le pusieran algo mío a alguien es que el pobre está realmente fastidiado! ¿eh?

—Bueno, ¡tiene el valor de la experiencia!

—¿Quién quiere un hígado sabio?

—Tienes razón. La gente ya no valora esas cosas.
Estábamos tomando café con un par de porciones de pastel de zanahoria. Ada me consiguió la receta hace tiempo y se ha convertido en una de mis especialidades. Siempre que viene a verme, la preparo.
—Hay otra opción. Una opción seria, me refiero —dijo ella entonces con el carrillo abultado por la tarta—. Puedes donar tu cuerpo a la ciencia. Yo lo he pensado algunas veces.

—¿Y qué harían con él?

—Lo que necesiten, cortarlo a trozos y experimentar con ellos, supongo.

—¡Uy, no, hija! Qué repelús de pronto… —Volví a acordarme de la tumba de Dalí y todos aquellos individuos con escafandra revolviendo en ella.

—Una vez te has muerto ¿qué más da?. Vaya, Carmina —añadió con sorna—, pensaba que eras una mujer con una mentalidad abierta.
¿Ves tú? Uno puede tener la opinión de sí mismo que quiera pero siempre se lleva sorpresas. Ya lo decía padre: «nunca digas “de esta agua no beberé” ni “este cura no es mi padre”». Yo me moriré y me iré donde sea, no me preocupa porque sé que estaré bien, pero pensar que alguien vaya a calcinar mi cuerpo o a descuartizarlo y exponerlo como si fuera un puesto de casquería en el mercado, me pone muy nerviosa. Así que creo que me quedaré con la opción de toda la vida, el sistema tradicional: a la caja y bajo tierra. Aunque me quedaría más tranquila si se pudiera cerrar por dentro.


A cuidarse