sábado, 19 de octubre de 2019

Dieta vegana

Hace algunas semanas, Bryn se pasó por casa y, como tantas otras veces, le puse un tazón hasta arriba de café y corté un buen trozo de bizcocho que había hecho el día antes. Y cuando iba a servírselo va y me dice: 
— Lo siento, Carmina, es que me he hecho vegano. 
— ¿Y eso qué tiene que ver? 
— Es por el huevo. Lleva huevo ¿verdad? 
— ¡Claro que lleva huevo! ¡A ver cómo haces tú un bizcocho sin huevo! 
— Sí, sí, pero no voy a comer nada de origen animal: huevo, lácteos, bacon… 
— ¿Pero, por qué? 
— Porque no quiero formar parte de la explotación animal, Carmina. 
— Pero ¿ni un poco de mantequilla en las tostadas? 
— No, nada de mantequilla, la mantequilla lleva leche y… 
— Vale, vale. ¿Un poco de pan para mojar en el café? Serás todo lo vegano que quieras pero tendrás que alimentarte. 
Y desde ese día me he aficionado a cocinar algunos platos en versión vegana y, si me quedan más o menos bien, invito a Bryn para que me dé el visto bueno. Pero se me hace muy complicado cocinar sin ningún ingrediente de origen animal —y sin pasarme con la sal— y que el plato quede gustoso. Con los guisos o recetas que llevan sofrito aún me defiendo porque tiro mucho de ajo, de pimentón y de hierbas varias (¡qué maravilla el comino!), pero hay retos imposibles como la sopa de verduras; me queda siempre como agua de fregar. 

A todo esto, Bryn ha estado sobreviviendo a base de hortalizas, cereales, legumbres y algas, (crudas o hervidas) porque no es que sea muy hábil en la cocina, ni tampoco voluntarioso. Y el resultado es, claro está, que se está quedando como un alfiletero. Un muchacho tan alto como él, que se pasa el día cargando hierros y piedras para sus esculturas, la otra tarde, sin ir más lejos, lo veo llegar pedaleando a todo trapo bajo la lluvia con su chubasquero verde caqui. Porque, claro, además va a todas partes con la dichosa bicicleta, ¡si es que ese trote no hay cuerpo que lo aguante! «Te das una ducha rápida y te vienes a cenar algo calentito» le escribí. A los quince minutos ya estaba en mi puerta. 
— ¿Te gusta la sopa? —le dije mientras él sorbía directamente del tazón. 
— Oh, Carmina… qué maravilla —me dijo— ¿no decías que la sopa vegana no te quedaba sabrosa? 
— La práctica, hijo, la práctica. 
La práctica y también el enorme hueso de jamón que estuvo estoicamente hirviendo cerca de dos horas entre zanahorias, chirivías, apio, acelgas, cebollas, puerros, calabacines, nabos, col y no sé qué más. 

¿Que le he engañado? Tal vez pero ¿y la satisfacción de verlo comer con tanto gusto, alimentándose como es debido? Además, ¿seguro que le engañado o se ha engañado él a sí mismo? Porque a ver si nos entendemos: el día que las zanahorias sepan a jamón, yo también me hago vegana. 

A cuidarse.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Un día normal

En principio tenía que ser un día normal; un poco de recoger la casa, un poco de faenar en el huerto, acercarme al mercado a hacer la compra, el cafetito de la tarde, algunas labores, un capitulillo de Mindhunter... lo que viene siendo la jornada estándar de una abuela de pueblo como yo. 

Todo iba según lo previsto hasta que he entrado en la carnicería a por unos filetes de ternera y me he encontrado con ella. Pensé en volverme y salir de allí ipso facto pero ya era demasiado tarde: 
— Hola, Carmina ¿ya no saludas? 
Podía sentir sus tentáculos urticantes tratando de alcanzarme. No obstante, mantuve el tipo: 
— No te había visto, mujer. 
— Pues el otro día lo comentábamos en el casinet, ¿dónde se meterá esta Carmina? 
Si los de narcóticos hicieran una redada en el puñetero casinet… Mejor te muerdes la lengua, Carmina. Hazte la tonta: 
— Qué raro que no me hayáis visto. Si yo vengo todas las semanas al mercado.
— De eso nada, yo vengo cada día y no te veo nunca. ¡Hasta pensaba que te habías hecho vegetariana y que ya solo comías lo que cultivas en tu huerto! 
Yo desnuco a las culebras que merodean mi huerto... pero no vas a sacarme de mis casillas; solo eres una pobre mujer, una pobre y miserable mujer… 
— ¿Cómo están tus nietos? ¿Sabes que a mi hija la han ascendido? 
Por fin alguien le ha reconocido que no es medio inútil si no inútil integral. 
— Y va a casarse este verano. Un chico guapísimo. ¿Tu nieta Ada no se casa? 
— No me ha comentado nada. 
— Me pareció verla pasar por la plaza hará un par de semanas. Al principio me hizo dudar con ese corte de pelo de muchacho. 
— Qué tarde se me está haciendo. Voy desfilando que tengo que darle de comer al gato. 
— ¿Tienes un gato? Pues yo tengo un perro ¡con pedigrí! 
— ¡Adiós! 
— ¡Y dile a tu nieta de mi parte que tiene que ser un poco más femenina! 
— Díselo tú el próximo día que la veas pasar por la plaza. 
Mamarracha. 

Y ya he llegado a casa de mal humor y dándole vueltas a lo que me ha dicho, a lo que tendría que haberle dicho y a lo que le diría si la tuviera delante en ese momento. No puedo con ella, me pone de los nervios. Será verdad que todos tenemos una némesis, alguien al que no soportamos, que nos hace hervir la sangre por más que tratemos de evitarlo y esa mujer —muy a mi pesar— es mi némesis, mi antagonista, mi doctora Moriarty. ¡La odio! 

Pero al cabo de un rato, mientras ponía orden en la cocina, me he dado cuenta de algo: que al odiar a esa mujer —a esa pobre y miserable mujer— lo único que consigo en tenerla en mi vida cuando lo que quiero es, precisamente, que esté fuera de ella. También me he dado cuenta que al irme así de la carnicería no he comprado los filetes de ternera. 

Y por eso odiar es malo: porque te une a la persona que detestas y también porque te deja sin comer. 

Un saludo.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Lo que ha traído el gato

Yo no me meto en la vida de nadie. 

Puedes preguntar a mis nietos, puedes preguntar a mis compañeros del club de lectura, a los otros viejos del pueblo, a los vendedores del mercado. Todos te dirán lo mismo: que yo no me meto en la vida de nadie. Eso es así. 

Otra cosa es que esté más o menos atenta de lo que sucede a mi alrededor, de la gente a la que aprecio, de mis vecinos... a veces alguien necesita ayuda y no es consciente de que la necesita o no tiene modo de pedirla o no sabe. Eso pasa. Y no es que vaya yo ahora de santa, también hay que decir que a veces se ve una metida en según qué situaciones que ni le van ni le vienen pero se ve obligada a intervenir. Y lo paso mal, eh, que no lo parece porque con los años he hecho callo pero yo soy muy vergonzosa. 

Y aun así procuro ser prudente, siempre busco el momento y la manera de ser lo menos intrusiva posible. Quizá no siempre acierte pero de verdad que le pongo toda mi buena voluntad. Y precisamente por eso, Bryn, estoy ahora en tu puerta. 

Ya te dije que esa verja de madera necesitaba un repaso, que de nada sirve que sea tan alta y tan maciza si luego tiene ese boquete a ras de suelo. Y yo no me meto, ya lo sabes tú, en lo que haces ni en quién te visita. Que yo te aprecio muchísimo y tenemos buena relación pero, eso sí, cada cual en su casa. Solo que eso no cuenta para Raspa, comprende que el bicho campa libremente por todas partes y que si ve un agujero por el que colarse, pues lo hace. No se puede sujetar a un gato como no se puede sujetar al agua. Eso es así. 

Otra cosa es que tal vez yo lo tenga mal acostumbrado permitiendo que meta en casa todo lo que caza, pero si quiero que me mantenga el jardín limpio de ratones y lagartijas tengo que reforzarlo positivamente; es un truco de toda la vida: él me enseña su presa, yo lo felicito y cuando se cansa de jugar con ella, a la basura. Fin de la historia. 

Imagínate cómo me he quedado esta mañana cuando me ha traído lo que me ha traído. Al principio no sabía ni lo que era porque una cosa tan menuda, tan poca tela —parece mentira— y con todo el barro y la pinaza incrustada… no ha sido hasta que lo he puesto bajo el grifo del fregadero y lo he frotado con jabón que he distinguido el dibujo de la blonda… en fin… Dile a la chiquita que está contigo que estas prendas tan pequeñitas hay que tenderlas en alto porque si no pasa lo que pasa. 

Anda, toma, dáselo, está limpio. Y no se hable más. Ya te he dicho que estas cosas me dan mucha vergüenza. Adiós. 

A cuidarse.

viernes, 26 de julio de 2019

Carta a mi sistema nervioso

Me llamo Carmina Petit y durante más de setenta años he sufrido cómo mucha gente de mi entorno se refería a mis nervios y me hablaba de ellos como si yo no supiera de su existencia. 

Uy, te estás poniendo nerviosa. 

Mis nervios hacen que levante ligeramente el tono de voz cuando algo me pilla desprevenida: una bocina, una pregunta, una mosca… Mis nervios producen un espasmo en mi cuerpo ante la invasión inesperada de mi espacio vital; puede ser alguien que choca conmigo en el autobús o una simple cagada de pájaro. Las situaciones tensas me ponen tan nerviosa que es probable que acabe llorando y que durante un par de horas sea presa de una molesta flojera en las rodillas. A veces los nervios me han quitado el sueño. Los nervios me han quitado el hambre. Los nervios me han nublado el entendimiento y me han hecho actuar impulsivamente o tomar decisiones precipitadas. 

¿Cómo eres tan nerviosa? 

Pero son mis nervios los que me levantan todas las mañanas con energía y ganas de vivir la vida —mientras que muchos maldicen y agonizan entre las sábanas con los ojos cubiertos de legañas—. Mis nervios son un resorte que me dan una capacidad de reacción más rápida de lo habitual —a ver si se creen que los reflejos de gato no son cosa del sistema nervioso—. Y cuando lloro de nervios a los dos minutos estoy como una rosa, he liberado la tensión y puedo volver a pensar con claridad y buscar una solución al problema que sea. 

Deberías relajarte. 

Porque todo el mundo tiene nervios, estén más o menos afinados. Deberíamos aceptarlos como una condición y no como una debilidad o una demencia. Y, por supuesto, nada de que ponerse nervioso es cosa de mujeres. Que por lo general las mujeres exterioricen más sus emociones no significa que los hombres no las tengan, lo que pasa es que cada cual gestiona el estrés como puede: unos lloran y otros se emborrachan… Personalmente, prefiero ser vista como una reina del drama antes que tener la úlcera más grande del reino. 

Se ha puesto histérica… 

Me llamo Carmina Petit, soy nerviosa y me siento orgullosa. Y no pienso permitir que mis nervios sean algo por lo que recriminarme. Yo no le recrimino a nadie su pachorra, su abulia, su sangre de horchata, su falta de chispa, su aparente desgana ni su desidia. Y a todos aquellos que os dedicáis a demonizar los nervios ajenos, tengo un consejo que daros: reflexionad sobre vuestra necesidad de señalar con el dedo a los que expresamos nuestras emociones libremente y luego coged ese mismo dedo y metéoslo donde os quepa —al final han sido dos consejos. 

Hombre ya. 

A cuidarse.

domingo, 5 de mayo de 2019

La casita azul


Renée compró la casa que estaba al final del pueblo por cuatro míseros duros. Estaba muy deteriorada, casi en la ruina, pero ella —y su debilidad por causas imposibles— se implicó de lleno en la reforma. Fue una etapa bastante intensa porque Renée andaba muy ocupada entre su trabajo en el Bleumer y el seguimiento de las obras y yo tenía a Juliette conmigo casi todo el día; iba con ella a todas partes y apenas tenía tiempo para pensar.

Aquello se llenó enseguida de hombres del pueblo que trasteaban tablones y capazos de cemento de un lado a otro, y antes de lo que nadie imaginaba, aquel cascarón cuarteado y lleno de piteras empezó a cobrar lustre y, como si fuera cosa de milagro, empezó a parecerse a una casa de verdad. Los huecos sombríos se convirtieron en ventanas, los muros desgastados se tornaron blancos y tersos como una sábana y recobraron las aristas, y la cubierta nueva (con las tejas de un vivo tono caldera) parecía que hubiera descendido del mismo cielo durante la noche anterior para posarse dulcemente sobre aquellas paredes. Los últimos retoques constaron de una segunda mano de pintura a la fachada: todo un zócalo gris azulado que rodeaba la casa y el mismo tono alrededor de las ventanas. La casita azul

Pero no fue hasta el día en que vi la camioneta de la tienda de muebles y aquellos operarios descargando la cama y la cómoda y la mesa de comedor, que se me cayó el mundo encima. No hacía más que repetirme a mí misma que se iban a vivir a escasos diez metros y que era mejor así pero no servía para que me sintiera mejor. Renée y la niña salieron de mi casa con sus pertenencias y su entusiasmo me rompía el corazón. «Ahora ya tenéis vuestra propia casa» les dije mientras cruzaban mi jardín «me alegro mucho por vosotras». Entonces Renée se detuvo y adoptó aquella expresión tan suya que en los meses que llevaba conociéndola yo había decidido bautizar como el semblante neutro. Y el semblante neutro de Renée —aunque aparentemente no expresaba nada— no debía ser tomado a la ligera porque era el que ella empleaba cuando barruntaba algo importante, algo que le tocaba muy adentro. 

«Carmina Petit… Esa casa no será un hogar si tú no estás en ella» 

Y es por esas palabras que ahora me hallo enredada en tantas tribulaciones. Ada y Sauveur no quieren poner la casa a la venta sin mi consentimiento, son muy buenos chicos; argumentan que no se le está dando uso, que no hay necesidad de que emplee mis energías en mantenerla. Pero yo les digo que me pidan cualquier cosa menos eso… ya sé que no tiene un sentido lógico y que ellos tienen razón pero ¡qué se yo! ¿cómo voy a deshacerme de mi casita azul? 

A cuidarse.

miércoles, 10 de abril de 2019

Buenas noches, señoro

Todas las noches echo mano del pendrive que suele traerme mi nieto Sauveur cuando viene a visitarme. Pero la otra noche no había manera de que el cacharrito hiciera contacto con el lector y me quedé sin saber cómo seguía la historia de Grace Marks —estoy casi segura de que ya tiene al doctor Jordan perdidamente enamorado, pero no puedo decir lo mismo de ella que es una muchacha con muchos dobleces—. Y como Raspa y yo ya estábamos perfectamente acomodados en el sofá con la mantita y las luces apagadas, decidí aventurarme a ver qué había en la televisión. 

Y resulta que el cantante este que sale tanto en las revistas y que es heredero de unas bodegas, tiene un programa...
— ¡Claro que tiene un programa! —me espetó Ada al día siguiente cuando hablamos por teléfono— ¿Cómo se titula? ¿«Ven a mi casa»?
— Ay, la casa… solo la cocina es tan grande como el súper del pueblo.
— El tono del programa también es muy como de súper de pueblo. ¿«Cena en mi casa»?
— Pero si no era una cena, hija, era de día.
— No, Carmina, no. Empiezan a hablar y a beber de día pero pasan así tantas horas que al final les anochece y cenan juntos y arreglan el mundo a su manera. Creo que es «Te invito a cenar».
— Pero no lo entiendo, si este hombre no es periodista ni nada.
— Bueno, él se justifica diciendo que se ocupa solo de la faceta humana de sus invitados. ¿«Cena conmigo»?
— A mí me dio un poco de pelusilla todo. Y eso de «la faceta humana» es muy engañoso, que de visita todos somos buenos.
— Me encanta esa expresión tuya.
— Y si a Hitler le hubieran hecho una entrevista para preguntarle por sus cuadros o por sus mascotas, nadie habría sospechado que era un dictador genocida.
— Quizá ese sea el objetivo. ¿«Esta noche, en mi casa»?
— Mmm... independientemente de lo que pretenda el programa, no me convenció. Yo es que a este señor…
— Señoro, señoro.
— Es igual, que lo tengo demasiado presente de cuando era joven y actuaba en los programas de variedades de la televisión pública, cantando sus baladas y sus rancheras.
— Pero como cantante tampoco debió tener mucha fama ¿no?. ¿Será posible que no pueda acordarme del nombre del maldito programa?
— Era más famoso por su vida privada que por sus canciones y, por lo visto, en Latinoamérica tenía bastante acogida. Además era alto y guapetón y sacaba mucho partido al tono canalla de sus letras… ¿Cómo decía esa tan famosa? ¿«Buenas noches, señora»? 
Ada empezó a reírse a carcajada limpia al otro lado del teléfono. Ella es así de explosiva, para lo bueno y para lo malo. 
—¿De qué te ríes, hija?
—Ya sé cómo debería llamarse el programa: «Buenas noches, señoro» 
El próximo día que venga por casa tengo que pedirle que me explique eso de señoro

A cuidarse.

domingo, 24 de febrero de 2019

Mátame camión


Como expresión me resultaba la mar de curiosa cuando tropezaba con ella en las redes sociales, incluso cuando Ada la utilizaba en alguno de sus mensajes. Yo suponía que se trataba de un sarcasmo aunque no soy muy buena para los sarcasmos y tengo que reconocer que, por muy graciosa que me resultara, en realidad no acababa de pillarle el sentido. 

Sin embargo, ayer mismo volvía del mercado pensando en mis cosas, abro la verja del jardín tirando (cada vez más) trabajosamente del carrito de la compra, llego hasta la puerta de casa y, cuando la abro, ahí estaba él otra vez, sentado en mi sillón: 
—¡Carmina! 
Mátame camión. 

—Para que veas que no me había olvidado de ti. Ya he empezado a traer mis cosas —dijo señalando la pared del fondo de la cocina en la que de pronto había aflorado una cabeza disecada de elefante.
—¿Qué…? ¿qué es eso?
—Una prueba de que voy en serio, Carmina —enunció con su particular voz gangosa mientras permanecía cómodamente repantingado y envuelto en mi manta para el sofá—. En adelante esta va a ser mi única casa y tú, mi única mujer.

En ese momento me percaté de que la tele estaba encendida a todo volumen con el programa de Ana Rosa. 
—¡Menuda hembra! —dijo él entonces—, si yo tuviera un par de años menos… 
—Si tuvieras un par de años menos, tendrías setenta y nueve —le espeté yo entonces, sorprendida ante el hecho de disponer de un dato tan inútil—. ¿Dónde está Raspa? 
—No seas celosilla, mujer… 
Me imaginé al pobre bicho en manos de un taxidermista sádico y casposo, dispuesto a atornillarlo sobre una peana de roble barnizado para exponerlo sobre la mesita de la entrada. Me estaba clavando el mango del carrito de la compra en la palma de la mano de tanto coraje… 
—¡El gato! —anuncia uno de los tipos de negro apareciendo tras de mí con una jaula. 
Raspa estaba dentro con una escafandra en la cabeza y todo el cuerpo recubierto de papel film. Parecía un solomillo. 
—Ya te comenté que soy alérgico a los gatos —dijo él con todo su cuajo al contemplar la expresión de mi rostro. 
Y otra vez me desperté a punto de cometer monarquicidio. El subconsciente es sabio. Me di cuenta de que tenía la mano agarrotada sujeta al borde de la cama. Era un sueño, Carmina, ya pasó, ya pasó. Llamé a Raspa sin incorporarme siquiera. El gruñido de la puerta precedió al tipitap de las pisadas y, al momento, ¡miauuu!, ya lo tenía sobre la cama. 

Mientras le acariciaba el lomo empecé a barajar la idea de hablar con alguien del asunto. No podía considerarse un hecho aislado porque ya era la segunda vez. Es más, a lo mejor no era la única que estaba viviendo esta situación. Cerré los ojos un instante y me dije: 

«Hola, me llamo Carmina Petit y el rey emérito me acosa en sueños». 

Me reí tan fuerte que Raspa saltó de la cama con un bufido.

A cuidarse